La España de las ciudades ha virado hacia la derecha desde el lejano 1979 cuando las clases medias urbanas entregaron a la izquierda las principales capitales. Un panel evolutivo compuesto por varias de las mayores ciudades refleja a la perfección la metamorfosis electoral de la mayoría de capitales españolas.
El giro a la derecha tiene sus excepciones, sin duda, pero muchas veces es el resultado de un alcalde cuya personalidad y gestión se impone a las mayorías ideológicas. Sin embargo, allí donde el factor candidato no es determinante, la inversión de mayorías es muy visible. Si se toma, por ejemplo, el caso de Madrid, el giro a la derecha –que se inició a finales de la década de los ochenta- no puede ser más espectacular.

En aquellas localidades donde el factor candidato no es determinante, la inversión de mayorías es muy visible

En 1979, la izquierda, con el carismático socialista Enrique Tierno Galván al frente, sumó más del 56% de los sufragios, frente a poco más del 40% que reunió el centro derecha en torno al candidato de UCD. Cuatro décadas después, y tras un breve paréntesis con la alcaldía de Manuela Carmena que puso fin a una etapa de enorme desgaste del PP, la izquierda se sitúa casi diez puntos más abajo, mientras las derechas superan el 50% de los votos.
Y algo similar ocurre con Zaragoza, Málaga, Murcia o Alicante. En todas esas ciudades, la suma de socialistas y comunistas en 1979 suponía alrededor del 55% de los sufragios. La derecha, en cambio, a duras penas superaba el 40% de las papeletas (incluyendo los votos de los partidos regionalistas conservadores). En el 2019, sin embargo, la correlación se ha invertido.

La izquierda se queda en todas esas localidades por debajo del 45% o incluso del 40% de los votos, frente a unas derechas que (salvo en Zaragoza) superan el 50% de los sufragios, con puntas que rozan el 60% (como en Murcia).
De hecho, incluso allí donde la izquierda ha conservado la alcaldía tras recuperarla en el 2015, la correlación está hoy muy lejos de la de 1979. En Valencia, por ejemplo, el 53% de los votos que cosecharon socialistas y comunistas hace cuatro décadas, se ha reducido ahora a poco más del 50% y, además, la mitad de esos votos corresponden a una formación valencianista de centroizquierda como Compromís.

La izquierda se queda en todas esas localidades por debajo del 45% o incluso del 40% de los votos

Y algo similar ha ocurrido en Valladolid, donde el 57% de los sufragios del 79 se queda ahora en un 49% (y gracias a una candidatura local, que aporta una quinta parte de ese capital electoral). Por supuesto, hay ciudades donde se ha producido una sorprendente evolución a la inversa.
Así, una población tan conservadora como Soria –que otorgó a PSOE y PCE poco más del 32% de las papeletas en 1979- llevó por encima del 55% el sufragio de la izquierda, el pasado 26-M. Y lo mismo cabe decir de Toledo, donde las derechas (incluido un antecedente de Vox: Fuerza Nueva) se impusieron en 1979 con más del 52% de los votos pero que en las últimas municipales cayeron por debajo del 47% (frente al PSOE y Podemos, que rozaron el 53%).

En realidad, el caso más llamativo es el de Zamora, donde a pesar de haber un electorado conservador el factor candidato ha provocado que gobierne un alcalde de IU desde el 2015. En el 79, el centro derecha superó de largo la mitad de los votos y, aunque luego ha alternado alguna breve etapa con consistorios de izquierdas, el PP parecía haberse eternizado en la alcaldía. Sin embargo, el 26-M, Izquierda Unida y el PSOE reunieron casi el 60% de las papeletas.
Y, finalmente, hay capitales cuyo signo político no ha variado en cuarenta años. Es el caso de Bilbao, donde el nacionalismo (siempre con el PNV en cabeza, seguido de las sucesivas variantes de la izquierda abertzale) rozó el 57% de los votos en 1979 y se acercó al 58% el pasado 26 de mayo.

El independentismo releva la izquierda en Catalunya

Cuatro décadas y diez citas electorales después de los primeros comicios municipales, en 1979, el independentismo ha tomado el relevo a la izquierda en Catalunya. Y no solo eso; el mapa territorial dibuja dos países bastante distintos: la Catalunya litoral, por un lado, y la interior, por otro.
Y si un país son sus ciudades, uno de sus mejores espejos son las elecciones municipales. Los 40 años transcurridos desde la celebración de los primeros comicios locales reflejan la metamorfosis electoral que han provocado la oleada migratoria, el relevo generacional o el conflicto territorial.

La Catalunya de 1979 era bastante homogénea electoralmente. De acuerdo con los resultados de las primeras municipales, casi la mitad de los votantes se orientaban hacia la izquierda (PSC y PSUC), menos de una cuarta parte al nacionalismo y una décima parte al centro derecha de ámbito español.
Por supuesto, el territorio marcaba alguna diferencia. La hegemonía de socialistas y comunistas era abrumadora en el área metropolitana, con apoyos que rozaban en ocasiones el 80%. Sin embargo, la izquierda era también mayoritaria en las cuatro capitales de provincia, con porcentajes conjuntos de entre el 48% (Tarragona) y el 53% (Barcelona).

La mayoría del 79, con socialiestas y PSUC/ICV, se prolongó hasta 1999, cuando irrumpió el fenómeno migratorio

Y esa misma izquierda también superaba el 45% de los votos en numerosas cabeceras de comarca del interior: Manresa, Granollers, Igualada, Ripoll, Vilafranca, Reus, Valls, Vendrell, Balaguer o La Seu. Y aunque el nacionalismo no dejó de avanzar en los veinte años siguientes, hasta hacerse con un tercio de los votos en el conjunto de la Catalunya municipal, la izquierda resistió en unas proporciones similares hasta los comicios de 1999 (con más el 50% de los sufragios en Barcelona, Girona o Lleida, y en torno o por encima del 45% en Manresa, Igualada, Vilafranca, Reus, Balaguer o La Seu).

Sin embargo, esa correlación comenzó a transformarse sensiblemente durante la primera década del nuevo siglo. Algo nuevo ocurrió en ese periodo, junto a algo más que ya venía ocurriendo. Lo que venía ocurriendo era un relevo generacional que no solo iba a jubilar a los cuadros locales de la izquierda forjados en la lucha antifranquista, sino que incrementaba el peso electoral del sentimiento identitario a través de las nuevas oleadas de electores.
Y de ahí el avance del nacionalismo, que iba a acentuarse a raíz de la sentencia del Estatut y el estallido de la crisis. Sin embargo, a partir de 1998, la llegada de un importante contingente de inmigrantes, que se concentró sobre todo en las zonas urbanas y litorales, provocó también un pequeño seísmo en los antiguos bastiones de la izquierda.

La explotación política del impacto de la inmigración sobre la convivencia debilitó el apoyo electoral al PSC e Iniciativa y reforzó la presencia del PP (y de una efímera plataforma ultra), sobre todo en poblaciones del área metropolitana.
Los casos de Badalona y Castelldefels –donde los populares lograron incluso desplazar a los socialistas– son los ejemplos más significativos (ver gráficos). Luego vino la crisis económica y el estallido del proceso soberanista, cuya traducción en el mapa municipal se ha acentuado en los comicios del 2019, especialmente con la sustitución de los neoconvergentes por Esquerra como referente nacionalista en numerosas poblaciones. El voto de centroizquierda más catalanista que en el pasado elegía alcaldes socialistas en muchas capitales de comarca de la Catalunya interior lo hace ahora a los candidatos de ERC.

Las municipales del 2011 abrieron la puerta a la caída de la izquierda y al despliegue acelerado del nacionalismo

Y de ahí la nueva correlación. En resumen, en el conjunto de Catalunya, el espacio nacionalista supone hoy más del 44% de los votos, mientras que la izquierda clásica recoge sólo un tercio, y las derechas españolas (PP y Ciudadanos) rozan el 15% del sufragio. Por territorios, la hegemonía del independentismo es abrumadora en las capitales de la Catalunya interior, con cotas que pueden superar el 70% del voto. A su vez, el área metropolitana refleja una doble erosión de la izquierda.
Por un lado, el desgaste por el impacto de la inmigración se ha traducido en un avance de la derecha que, por ejemplo, roza el 40% del voto en Badalona. Y, a la vez, el independentismo también ha ampliado espacios en un territorio tan poco propicio como el antiguo cinturón rojo de Barcelona. El resultado es que, desde 1979, la izquierda ha cedido entre 20 y 30 puntos en casi todas las localidades del área metropolitana. Una evolución que deja el futuro muy abierto.

METODOLOGÍA

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Para elaborar este artículo se han recabado los resultados electorales de las principales ciudades españolas a nivel demográfico y político –La Coruña, Barcelona, Bilbao, Madrid, Málaga, Murcia, Sevilla, Toledo, Valencia, Valladolid y Zaragoza– y se han clasificado los partidos en las siguientes categorías: derecha, izquierda y partidos nacionalistas o regionales. Además, aquellos que no entraban en ninguna de estas clasificaciones, se han dejado al margen del análisis. Para cada elección se han tenido en cuenta todos aquellos partidos que obtuvieron más del 2% de los votos.

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