El Teorema del Cero o del reconocimiento científico injusto


El inventor italiano Candido Jacuzzi desarrolló la famosa bomba de hidromasaje, Joseph Ignace Guillotin perfeccionó el dispositivo mecánico para ejecutar a los condenados franceses a muerte y Ferdinand von Zeppelin inventó el primer artefacto volador capaz de ser controlado en un vuelo de larga duración. Son simplemente tres ejemplos de los muchos que podríamos encontrar de científicos o inventores que dejaron su apellido en sus creaciones. Sin embargo, no siempre ha sido así.

Hace algún tiempo EP Fischer enunció un teorema al que bautizó como el del “cero” y que, básicamente, reza que todo descubrimiento con nombre y apellidos fue realizado antes por otra persona.

Así, por ejemplo, la famosa sucesión de Fibonacci fue descrita por matemáticos hindúes más

 de catorce siglos antes que el italiano; Olaf Stapledon, y no Freeman Dyson, fue el que describió por vez primera las ‘esferas Dyson’ y la ecuación de Arrhenius fue propuesta previamente por el químico JH van’t Hoff.

Ni Halley ni Olbers…

La ley de Berry va mucho más lejos todavía, al afirmar que nada es descubierto por primera vez, y la ley de Stigler asevera que ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo descubrió en primer lugar.

Vayamos con dos ejemplos astronómicos. Uno de los objetos celestes más conocidos de los que proceden de la Nube de Oort es el cometa Halley, que debe su nombre al astrónomo británico Edmund Halley (1656-1742) que lo observó en 1682 y que fue capaz de predecir sus siguientes apariciones.

Pero no fue el primero en registrar su paso, se estima que para encontrarlo nos tenemos que remontar al siglo tres antes de Cristo; por otra parte, tampoco fue el primer astrónomo en observarlo, anteriormente lo habían hecho Johann Müller Regiomontano (1456), Petrus Apianus (1531) y Johannes Kepler (1607).

Por su parte, el problema de Olbers o paradoja de Olbers afirma que en un universo estático e infinito el cielo nocturno debería ser totalmente brillante sin regiones oscuras o desprovistas de luz. Este principio fue mencionado por vez primera por Johannes Kepler (1610), más de dos siglos antes que lo hiciera el astrónomo alemán Heinrich Wilhelm Olbers.

Pero tampoco Avogadro

En el campo de la química también encontramos numerosos ejemplos. Así, por ejemplo, la constante de Avogadro debe su nombre al científico italiano Amadeo Avogadro (1776-1856) que en 1811 enunció que el volumen de un gas –a una determinada presión y temperatura- es proporcional al número de átomos o moléculas, en independencia de la naturaleza del gas. Pero en su publicación no hay referencia alguna a ‘su famoso número’.

Para conocer la primera estimación al mismo nos tenemos que remontar a 1646 cuando el monje Chrysostomus Magnenus quemó un grano de incienso en una iglesia abandonada y supuso que habría un ‘átomo’ de incienso en su nariz en cuanto pudo olerlo levemente. A continuación, comparó el volumen de su cavidad nasal y el volumen de la iglesia.

Más de dos siglos después el químico austriaco Josep Loschmidt (1821-1895) hizo una aproximación mucho más fiel, al contrastar el camino libre medio de las moléculas en fase gaseosa con la fase líquida, es decir, al calcular el número de partículas en un volumen determinado de gas.

Ahora sabemos que el número de Avogadro es igual a 6,022 x 10 elevado a 23 partículas y se simboliza en las fórmulas con las letras L o NA, pero quizás no sea por todos conocido que fue calculado por el científico Jean Perrin (1870-1942) a través de un complejo desarrollo teórico.

En fin, todos estos ejemplos nos vienen a demostrar que las ideas que cambian y mueven el mundo excepcionalmente se deben a un científico que actúa a modo de ‘lobo solitario’, la mayoría son el fruto del sacrificio y la chispa creativa de muchos científicos.

M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.


Fuente: ABC.es .

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