El plátano puede extinguirse… por segunda vez



En el planeta se consumen cerca de 100.000 millones de plátanos todos los años. Pese a que existen más de 100 variedades de esta fruta, la enorme mayoría que comemos hoy día pertenecen a una sola especie: la pluralidad Cavendish. Esto no dejaría de ser una anécdota para contar en las hastiadas tardes de sobremesa estival si no fuese por un trágico detalle. Si algún virus, bacteria o bien hongo fuera capaz de agredir de raíz a las plantas productoras de plátanos Cavendish nos hallaríamos en un serio aprieto. Quizás a las puertas de la extinción terminante de esta querida fruta, en tanto que no hay otra pluralidad producida en cantidades suficientes para acometer la demanda mundial. La mala nueva es que ese microorganismo (en un caso así, un hongo) existe y ya está atacando a los plátanos de todo el planeta. La buena nueva es que la ciencia lo sabe y trata de hallar un antídoto. La primera pandemia La presencia de infecciones trasmitidas por el hongo Pseudocercospora fijiensis que afecta a los bananos y el deterioro de ciertas condiciones de cultivo propiciado por el incremento de las temperaturas han puesto en grave aprieto a los productores de todo el planeta. Mas el primordial culpable de lo que ciertos llaman «el apocalipsis del plátano», es el propio sistema de producción secular. Durante decenios, los labradores han buscado una pluralidad de plátano dulce, simple de consumir, sin pepitas, que aguante el transporte y el almacenaje, que tenga un aspecto conveniente para el consumidor. La busca del plátano perfecto halló una solución en una pluralidad desarrollada por el jardinero inglés Joseph Paxton en 1830. Se trataba de un género de banana resistente a la mayor parte de las plagas conocidas hasta la data. Se llamó plátano Cavendish y no disfrutó de gran fama hasta los años 60 del pasado siglo. Fue entonces cuando la pandemia global de un hongo (el mal de Panamá) terminó con una buena parte de la producción del más pedido hasta ese momento, el Gros Michel. Aquel plátano, que los mayores todavía recordarán, era más grande y más dulce, mas prácticamente se extinguió en su totalidad. Tuvo que ser sustituido por una pluralidad de Cavendish más resistente. El éxito de esta última fue tal que hoy día el 90% de la producción mundial, no es que pertenezca a exactamente la misma especie, sino procede de exactamente la misma cepa genética. Prácticamente todos los plátanos que comemos son clones, hermanos genéticamente idénticos. Eso es una ventaja para la producción, mas asimismo lo es para los malos de la película. Virus, bacterias, hongos, parásitos… tienen considerablemente más simple terminar con la población entera: es suficiente con que hallen la cerradura genética de la pluralidad para penetrar en todas y cada una de las plantaciones como el cuchillo en mantequilla caliente. La pérdida de pluralidad genética es una debilidad frente a los atacantes. Eso es precisamente lo que ha ocurrido. En los años 90 del pasado siglo una nueva pluralidad de hongo de la familia fusarium comenzó a agredir ciertos cultivos de plátano Cavendish en el Sureste Asiático. Específicamente, una cepa invasora llamada Tropical Race cuatro (TR4) ha inficionado ya miles y miles de plantaciones: inhibe los canales de nutrición del fruto y lo deseca hasta matarlo. El patógeno vive en el suelo y no puede ser eliminado con fungicidas. El sistema de producción del plátano no ayuda mucho. La mayoría de los productores se decidan al monocultivo con una sola especie. Es como dar a una familia de zorros mil gallinas atadas al suelo y también indefensas: se las acabarán comiendo todas y cada una. Lo mismo hace el hongo con las plantaciones monovarietales, se siente a sus anchas para gozar del festín. El plátano, para colmo, se genera a través de reproducción asexual. En sus orígenes, la mata del platanero producía frutos con semillas. Mas estas semillas son duras y también intragables. El plátano ha sido domado por el hombre (en verdad, es una planta que se cultiva desde el Neolítico) para producir frutos sin semillas. Se reproduce a través de esquejes desde los rizomas o bien de los brotes. De forma que prácticamente cada plátano es un clon idéntico del precedente. No hay pluralidad genética y por tanto es muy simple para los patógenos agredir una enorme población. Una buena parte de los productores del planeta están verdaderamente preocupados con la evolución de este patógeno, el TR4, que ha hallado el talón de Aquiles del Cavendish. Otro mal que viene afectando a grandes extensiones de este comestible es la sigatoka, un hongo que tiñe de negro las hojas de la mata y también impide que efectúen la fotosíntesis. Se piensa que en 2080 todos y cada uno de los plátanos de Latinoamérica van a poder ser susceptibles a este hongo. ¿Adiós al de Canarias? En Canarias, donde asimismo se cultiva de forma prácticamente unánime esta pluralidad de plátano, la preocupación es algo menor. El presente tiempo canario no favorece la cantidad de humedad que el hongo precisa para subsistir. Además de esto, los controles rigurosos de la producción evitan que entre polución por ciertas otras pandemias que afectan a la fruta. Los vientos saharianos pueden soplar en favor de la supervivencia de la especie de platanera enana pequeña que se da en las islas. Traen calor, mas no humedad. En todo caso, desde 1960 el peligro de sufrir una plaga ha aumentado en un 44% en todo el planeta. Posiblemente nos hallemos a las puertas de las segunda extinción del plátano (tras el fin de la pluralidad Gros Michel) Quizás solo la ciencia y el uso de técnicas de edición genética que mejore la resistencia de las variedades pueda evitarlo. La edición genética que podría salvar al Cavendish Científicos de la Universidad de Queensland, Australia, han empleado el sistema de edición del gen CRISPR-Cas9 para utilizar una guía desarrollada para agredir el gen de la fitoeno desaturasa (PDS) en esta familia de plátano. Su característica primordial es que es capaz de escoger, incorporar y quitar genomas. La tecnología se inspira en el proceso natural de ciertas bacterias que, con la intención de resguardarse de los virus, cortan el ADN. Primeramente, se ahorra un fragmento de ADN de un virus invasor en un patrón conocido como CRISPR. Y por último, si el virus vuelve a aparecer, las bacterias lo reconocen y entonces se activa una enzima llamada Cas9 para hacer un corte en el ADN y desactivar el virus.

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