Josiah Zayner es un «hacker», tiene aspecto de «hacker», vive como un «hacker», la policía le considera un «hacker», los jueces le tratan como un «hacker». No le falta detalle: su pelo tricolor con flequillo hipertrofiado. Su rosario de piercings en orejas, nariz, lengua… sus camisetas con mensajes del más preceptivo activismo libertario. Un «hacker» de manual. Mas no de esos que crackean códigos informáticos, asaltan sistemas de seguridad de los servidores, copian contraseñas o bien desencriptan mensajes secretos. Noi Josiah Zayner «piratea» material humano: ADN, bacterias, proteínas. Es un «biohacker», uno de los más reconocidos, odiados, envidiados, perseguidos. No es que haya efectuado alguna acción verdaderamente concluyentes, por el momento. Sus proezas se restringen a ciertos escarceos con la modificación genética de su cuerpo. Hace unos años pasó a la pequeña historia del activismo «biohacker» cuando comenzó un proceso de rediseño voluntario de su microbioma intestinal. Desde la habitación de un hotel en California se sometió a un tratamiento concebido por él mismo para aniquilar la mayoría de sus bacterias: los millones de microorganismos que nos asisten a digerir el alimento, generar enzimas y vitaminas, resguardarnos contra enfermedades, regular el estado anímico. Su pretensión era quedar transformado en una suerte de folio en blanco bacteriano. El primer humano sin microbioma. Desde ahí, se inocularía un compuesto a base de las heces de un amigo. No estaba contento con su biota, con el ADN de las bacterias que la naturaleza le había dado. Como quien vive insatisfecho con su cuerpo y se somete a un proceso de cambio de sexo, este apasionado a la cultura punk deseaba ser el primer «transgenético». No hay certidumbre de que el proceso haya sido un éxito. Los métodos usados por el «biokacker» son tan anticientíficos y poco documentados que más bien semejan una especie de alquimia medieval a medio camino entre la superchería y la ciencia ficción. Humanos a la carta Mas Josiah ya no puede dejar de «piratear» genes. Desde 2016 está en el punto de atención de ciertos científicos y de las autoridades sanitarias de USA por arrancar 2 proyectos todavía más increíbles: uno es Indiegogo, una compañía que pretende comercializar kits con tecnología CRISPR para alterar en casa nuestro material genético. ¿No le agradan sus genes? Con este kit y dos libros de instrucciones puede repararlos. Genética de IKEA para el siglo veintiuno. El segundo proyecto es The Odin, una asesora que ayuda a arrancar ensayos genéticos con animales, plantas o bien humanos en casa. Los fines de semana da clases públicas sobre manipulación de ADN, entre semana administra su compañía con 4 empleados y un beneficio el año pasado de 100.000 dólares estadounidenses. Era de aguardar. De igual modo que el conocimiento de los códigos informáticos abrió la puerta al «pirateo» digital, el conocimiento de los códigos genéticos ha dado paso a los primeros «piratas» biológicos, la expansión del código humano libre, el ADN creative commons, los Anonymus de la genética. Josiah se encara ahora a serios cargos de la Justicia del Estado de California por ejercer la medicina sin licencia y probar con material humano fuera de los protocolos de seguridad científica. Tendremos el primer mártir del «biokacking»: el Assange de las moléculas. La regulación internacional en materia de experimentación semeja robusta. Existen leyes nacionales en casi todos los países del planeta que limitan quién, de qué manera, dónde y con qué puede probar genéticamente. Además de esto, ciertas leyes multinacionales (como el Acuerdo de Oviedo de 1997) establecen límites para el empleo de la experimentación genética en los cauces de la protección de los derechos humanos. Ninguna de esas legislaciones deja espacio para la experimentación personal, la automanipulación genética o bien el intercambio privado de genes. Mas el avance de la ciencia y el abaratamiento de los procesos de manipulación de ADN comienzan a ser un campo bastante difícil de cercar. Tarde que temprano el «biohacking» va a ser una realidad extendida. Pese a la supuestamente segura regulación, periódicamente aparecen casos de experimentadores que se han saltado las reglas. Desde el científico chino He Jianku anunciando al planeta haber manipulado genéticamente a 2 embriones humanos gemelos a inicios de 2019, hasta acusaciones en ciertos ambientes deportivos de prácticas de inyección de material genético para acrecentar el desarrollo de los músculos. La realidad es que la experimentación con genes ya antes requería ingentes cantidades de dinero, materiales realmente difíciles de lograr y personal enormemente cualificado. El día de hoy se puede secuenciar el genoma humano con un kit que cabe en un maletín de oficina a razón de varios cientos y cientos de dólares estadounidenses el intento. Ya existen empresas que ofrecen mandar a domicilio un kit para extraer nuestro material biológico, mandarlo con seguridad por correo y percibir a cambio un informe sobre nuestros orígenes biológicos. ¿Desea saber si en su familia hay un antepasado vasco, americano o bien esquimal…? El ADN se lo afirmará. Todas y cada una esas empresas tienen limitado por ley el género de información que pueden extraer del ADN. Por el momento no se pueden efectuar test que lancen datos sobre la salud o bien aspectos íntimos de la personalidad. Mas la información está ahí, en ese resto de algodón empapado en fluidos de nuestro paladar yace todo cuanto alguien desee saber sobre nosotros. Los pocos «biohackers» que todavía el día de hoy reconocen serlo aducen ciertas razones morales para su actividad. Como los «hackers buenos» de la informática, aseguran que su única intención es combatir a favor de un sistema de administración de los genes «más justo, abierto al público, económico y libre». Algo como « ponemos los genes, nosotros decidimos». Las mayores discusiones teóricas en el planeta «biokacker» deben ver con los «derechos de propiedad biológica». A quién pertenecen los genes. Hay un gran discute sobre el empleo de material biológico que es patrimonio de una nación o bien de una cultura. La industria farmacéutica puede investigar con material extraído de una planta endémica de una zona andina, por poner un ejemplo. Si de esa investigación brota un descubrimiento de relevancia (pongamos un fármaco contra el cáncer), ¿tendrían los habitantes de la zona andina en cuestión derecho a una compensación económica? ¿A quién pertenecen los genes? ¿Se pueden hurtar? ¿Se pueden resguardar? El ADN no es un libro, mas se lo semeja. No es una obra de arte, mas se puede codificar y trasmitir como tal. No es un programa de PC mas puede copiarse y encriptarse tal y como si lo fuera. Ya estamos habituados a vivir con el «pirateo» de obras literarias, artísticas y también informáticas. El próximo paso, el «pirateo» de genes, ya está acá. A Henrietta le birlaron los genes El nombre de Henrietta está presente en múltiples de las investigaciones más punteras del planeta que tratan de localizar solución a males como el cáncer, las enfermedades neurodegenerativas, la esclerosis lateral amiotrófica y otras nosologías extrañas. Henrietta había llevado una vida demasiado común en su entrecierro. Con solo 31 años, desarrolló un cáncer de cérvix que, cuando se le advirtió, ya estaba a puntito de matarla. En verdad, solamente subsistió 8 meses. Murió el cuatro de octubre de 1951, dejando 5 huérfanos. Mas sus células no murieron y no lo harían jamás. Al poco de fenecer, un joven estudioso consiguió permiso de su viudo para extraer ciertos tejidos de su cadáver: deseaba estudiarlos.El material biológico que George Gey «robó» a Henrietta resultó ser de vital relevancia para el estudio de enfermedades celulares como el cáncer. Las células de la mujer de Virginia no mueren nunca. Se reproducen indefinidamente, colonizan los tejidos y se desarrollan a alta velocidad, al modo como lo hacen otros tumores. El día de hoy sabemos que es algo común en los cánceres humanos, mas en 1951 la cualidad inmortal de los tejidos tumorales no era más que una hipótesis. Gey consiguió la primera línea celular inmortal desde el organismo de Henrietta. A esa línea le puso el nombre enigmático de «HeLa» Y se transformó en el tesoro médico más codiciado del instante. Merced a los ensayos con dichas células, Jonas Salk descubrió su vacuna contra la polio y cientos y cientos de oncólogos han podido avanzar en el conocimiento de múltiples manifestaciones de la nosología tumoral. No fue hasta 1971 que un documental de investigación periodística desveló el genuino origen de la palabra «HeLa» y difundió la fotografía de la mujer que había dado nombre a las células de marras: Henrietta Lacks. Desde ese momento la familia Lacks no ha dejado de combatir a fin de que se reconozca el nombre de su abuela en los anales de la investigación clínica y para intentar conseguir ciertos beneficios derivados de ese material genético. Fue el primer caso de “«pirateo» genético de la historia.

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