El Macbeth de Joel Coen, en la línea del de Orson Welles y Kurosawa


Esta no es una película que podría sentirse cómoda dentro de la
filmografía de los hermanos Coen, y tal vez sea ese uno de los motivos (sin duda, habrá otros) de que no la firmen los hermanos Coen, sino solo el mayor de ellos, Joel. Juntos han hecho un tipo de cine ingenioso, atrevido, lleno de violencia, humor y cinismo, además de un trabajado tono de ligereza, y no hay mucho de ese estilo en esta adaptación de la obra de Shakespeare, que es perfecta en su fondo y forma y en la que lo único chocante es no encontrar en ella
ni un guiño, ni un giro, ni una broma o vacile que lleve el conocido sello Coen.

De ‘Macbeth’ se han hecho numerosas adaptaciones al cine, al teatro y a la televisión, pero sobresalen mucho sobre las demás la de Orson Welles en 1948 y la de Akira Kurosawa, ‘Trono de sangre’, en 1957, y la que se estrena ahora de Joel Coen viene irremediablemente a compararse con ellas. Por fuera, es evidente que participa de algunos de los logros estéticos de ambas, con el uso de un blanco y negro de textura ‘sucia’ y vaporosa, con una atmósfera densa e hipnótica y con una arquitectura muy cinematográfica para lo exterior y finamente teatral y de ‘estudio’ para lo interior, y que ofrece una impresión visual de película clásica, filmada al mejor modo del cine escueto y preciso de hace más de medio siglo, a pesar de la utilización discreta pero efectiva de los recursos que la tecnología actual le permite para solucionar sus escenas sobrenaturales y fantasmagóricas.

La bruma, la iluminación, el claroscuro, la minuciosidad del encuadre, el uso del plano corto para la descripción de interiores de los personajes…, todo ello, junto a la interpretación, juega en favor de lo original del texto y la literalidad de la historia sin el más leve asomo de ‘bocadillos’, ‘apuntes’ o ‘reinterpretaciones’. Una estructura que responde al milímetro a la intención shakespeariana de encontrarle al ser humano la comisura donde se paladea la ambición, el momento donde se tuerce el destino, el camino que solo se hace visible con la ceguera y el gota a gota corrosivo del arrepentimiento previo pago del tributo, o expiación.

Si los aspectos técnicos de ‘Macbeth’, desde la fotografía, a la música y a la puesta en escena, son magníficos y le aportan intención y emoción a la historia, el apartado artístico, la interpretación, la narración y su resonancia textual son también un acierto pleno. De este capítulo sobresale lo distintivo de un actor como Denzel Washington, que le transfiere a su Macbeth una corpulencia y una sonoridad dignas de su mejor precedente, grande en el contrapicado y frágil y derruido en sus dudas y aflicciones en el plano corto. Americano, negro, cinematográfico, Denzel Washington se saca de dentro una voz shakespeariana y esos residuos de madera escénica para que arda su papel.

Lady McDormand

Él es el centro del plano y a su alrededor también arden gélidos los personajes principales, el Rey Duncan (Brendan Gleeson), Macduff (Corey Hawkins), Banquo (Bertie Carvel) o Malcolm (Harry Melling), pero línea aparte merece el otro gran personaje de la obra, Lady Macbeth, que interpreta la gran actriz Frances McDormand, que lo explota sin detonar, sin procurarle esa grandeza retorcida, esotérica, confusa que lo convierten en uno de los más enmarañados personajes femeninos de la historia. Y un vistazo a Isuzu Yamada, la actriz que lo interpretó para Kurosawa, que le comía desde la oreja hasta el sentido a Toshiro Mifune, nos proporciona la escala aplicada aquí.

Nunca se sale igual de ver ‘Macbeth’, y este de Joel Coen te proporciona otros ojos para verlo como siempre y, de algún modo, o hasta cierto punto, como nunca.


Fuente: ABC.es .

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