El legado del hacha y la serpiente


El centro histórico de Hernani (algo más de 20.000 habitantes, feudo tradicional de EH-Bildu), es un altar dedicado al enaltecimiento de ETA; lo es ahora,
una década después de que el 20 de octubre de 2011 David Pla, Iratxe Sorzábal e Izaskun Lesaka certificaran en un vídeo la rendición de la banda, igual que lo era antes. De aquella época cambia, y es mucho, que han callado las pistolas. Pero las fotografías de los terroristas encarcelados; las pancartas en las que se exige su libertad y el resto de habituales consignas proetarras que ‘engalanan’ los edificios recuerdan quién manda allí. La mañana es luminosa en este pueblo guipuzcoano e invita al paseo. No hay sensación de miedo,

 pero al forastero, como hace diez años, se le mira con recelo.

Cae la noche en Orozco (Vizcaya, poco más de 2.500 habitantes), gobernado por una lista independiente y en donde no hay un solo concejal constitucionalista. Las calles, desiertas salvo por la presencia de parroquianos en un par de bares, sirven también de homenaje permanente a etarras, con sus correspondientes pintadas de ‘ongi etorri’ (bienvenidos) seguidas del nombre del pistolero que ha regresado al pueblo tras salir de prisión. La sensación es la misma que en Hernani. Puede haber algo de sugestión por el decorado, claro; pero el hecho cierto es que la clientela de uno de los locales se vuelve a observar a los recién llegados. No abren la boca, solo miran.

Camino por recorrer

Llodio o Amurrio, en Álava; Ondárroa o Elorrio, en Vizcaya; Azpeitia o Mondragón, en Guipúzcoa; Alsasua o Echarri Aranaz, en Navarra, la comunidad foral ‘objeto del deseo’ del nacionalismo vasco… Todos ellos, y bastantes más, pueblos ‘duros’ donde se pueden vivir escenas como las descritas, en los que la vida diaria para los no nacionalistas aún es difícil, el odio y la presión social se palpa en el ambiente y hablar de normalidad es a estas alturas un insulto a la inteligencia. No hay miedo a ser asesinado, y eso es un salto cualtitativo brutal respecto a hace diez años, pero queda mucho camino por recorrer.

Un veterano exconcejal socialista de Beasain: «No hay que contemporizar con el nacionalismo; es una bestia insaciable»

Es verdad que en las capitales, mucho más porosas, no se da esta situación. «Ahora se puede ver por San Sebastián a chavales con pulseras con la bandera de España», comenta divertido un miembro de las Fuerzas de Seguridad con decenas de años de servicio en esa tierra. Pero añade: «Eso en la calle, claro, porque en los campus de las universidades públicas es todavía impensable, y no digamos ya en el mundo rural»… Con todo, deja claro que «a mi no se me ocurre decir en qué trabajo, aunque cuando no se les ve hay gente que me da las gracias por mi trabajo».

Miedo a ser discriminados

«A nuestros hijos los seguimos aleccionando para que no digan en el colegio en qué trabaja su padre o su madre», confirma Mariano Rodado, secretario general del SUP del País Vasco, toda una vida destinado en esta comunidad. «Nos da miedo que los discriminen si se enteran, bien algún profesor o los compañeros de clase». Los uniformes se siguen tendiendo dentro de casa, porque es más prudente que los vecinos no sepan con quién conviven. «Claro que han mejorado mucho las cosas, pero eso no puede ocultar la realidad».

«No voy a dar dinero a quien se hubiese alegrado de que me volaran la cabeza»

Alfonso Segade fue muchos años concejal del PSE en Beasain (unos 14.000 habitantes, gobernada por el PNV), tuvo cargos orgánicos en el partido y fue un dirigente histórico de UGT; sindicato, por cierto, del que se ha dado de baja recientemente al ver a su secretario general, Pepe Álvarez, apoyar a los políticos catalanes presos. Vivió muchos años, como tantos otros concejales, socialistas y del PP, con escolta; sabe lo que es que le escupan en su pueblo, que algunos de sus vecinos le deseen la muerte, vivir el asesinato de su amigo Froilán Elespe a manos de ETA cuando el día anterior había discutido con él para convencerle de que aceptara llevar escolta… De los 60 bares de esta localidad guipuzcoana del Gohierri, apenas entra en cuatro: «No voy a dar dinero a quien se hubiese alegrado de que me volaran la cabeza», explica con tranquilidad pasmosa y una media sonrisa en la terraza de uno de esos pocos locales que visita, en la que un frío húmedo cala hasta los huesos.

La conversación es pausada, el tono de voz bajo y el diagnóstico, demoledor: «ETA fue derrotada, la vencimos, pero sigue la presión al no nacionalista… Lo que más me indigna es la hipocresía, esos que ahora se te acercan, te da una palmadita en la espalda y dicen eso de ‘lo que habéis sufrido’… ¿Dónde estaban entonces, cuando nos mataban? Resulta que ahora todos somos muy educados, nos saludamos por la calle como si nada. Hay compañeros que se amoldan, pero yo soy un desclasificado. No estoy de acuerdo en contemporizar con el nacionalismo, es una bestia insaciable».

Las proclamas nacionalistas e independentistas se mantienen en los municipios vascos

Mientras habla, se fija en los vecinos que pasan por delante de la mesa, en los que están sentados al lado y explica su pasado, si estuvo con unos o con otros. Los conoce muy bien, porque aunque es gallego de cuna lleva más de media vida en el País Vasco, siempre dando la cara, primero en la dictadura de Franco y luego en la dictadura que quiso imponer el terrorismo etarra. En parte quizá por ese espíritu de lucha, sostiene que la «sociedad vasca está anestesiada. En esta comarca del Gohierri se vive bien, y la gente no se plantea otras cosas. En las conversaciones nunca sale ETA, no se habla de lo que sucedió aquí durante tantos años. Mientras, el nacionalismo, que lo impregna todo, ha sabido vender ese mensaje de ‘fraternidad’ que iguala a víctimas y verdugos y está presente en todos los ámbitos: asociaciones de vecinos, culturales, el mundo empresarial, no digamos ya en la educación, con las ampas… Ejerce un control social casi absoluto; más amable ahora, pero implacable, que les sirve para que no haya contestación de los ciudadanos».

En la mesa de la terraza de uno de los bares de la plaza Zubiaur de Orozco se sientan tres generaciones del PP vasco. Luciano Galán, ya jubilado, que durante décadas fue el único concejal de su partido en este pueblo de larga tradición nacionalista; Carlos García, varias legislaturas concejal en el complicado pueblo vizcaíno de Elorrio y ahora en Bilbao, e Iker Iribarren, de poco más de 20 años, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco, la pública.

Luciano Galan exconcejal del PP en Orozco , Mikel Iribarren , presidente de nuevas generaciones del PP en Vizcaya y Carlos Garcia concejal del PP en Bilbao

Resistentes

Los dos primeros vivieron muchos años con escolta; asistieron a demasiados funerales; sintieron miedo, rabia, angustia… Como Alfonso Segade y tantos otros, fueron unos resistentes, y en eso siguen. Hay un cuarto invitado, exjefe de seguridad de este partido en el País Vasco, pero prefiere no ser citado ni, por supuesto, fotografiado. Por evitar problemas, claro.

Iker Iribarren, de familia nacionalista, escucha con atención a sus mayores. «Claro que no nos matan, pero no quiere decir que hayan desaparecido. La vida es aún difícil para los que piensan como nosotros. Dicen que ha acabado la violencia, pero varios de nuestros jóvenes han sido agredidos, en una discoteca, en un polideportivo»… interviene Carlos García, el mentor político del chaval. «En muchos lugares no se puede realizar una actividad política en las misma condiciones que los nacionalistas. En los pueblos hay gente que nos vota, por supuesto, pero aún son pocos los que dan el paso de integrar las candidaturas, porque eso es significarse, abrir la posibilidad de sufrir la exclusión social»…

«No se pueden hacer concesiones al nacionalismo, tenemos que mantener un discurso firme, de defensa de nuestros valores, de la unidad de España, sin complejos»

Iribarren lidera las Nuevas Generaciones de Vizcaya y ya sabe muy bien lo que es sentirse acosado, en su caso en redes sociales. Su ‘delito’: haber publicado una fotografía suya delante de San Mamés con una bandera de España para reivindicar la presencia de la Selección en el País Vasco, después de que no la ciudad no fuera sede en la pasada Eurocopa, como estaba previsto. «Esa torpeza de los nacionalistas le costó a Bilbao unos 70 millones de euros, para que luego digan que el PNV gestiona bien», remacha García.

La conversación de las tres generaciones es amena, con multitud de anécdotas y risas fáciles. Si sienten rencor por lo que han pasado, no se les nota. Eso sí; no olvidan. «No se pueden hacer concesiones al nacionalismo, tenemos que mantener un discurso firme, de defensa de nuestros valores, de la unidad de España, sin complejos. Denunciar que con ellos se vive peor, al contrario de lo que se cree, aquí y fuera de aquí. Y recordar a las víctimas, que no sean ellos los que escriban la historia», insisten.

Hay dos momentos tensos: el primero, cuando dos cachorros batasunos pasan por delante con una pancarta reivindicativa que van a colocar en el puente principal; después, cuando Luciano Varela ve entrar a tres hombres en el bar: «El que iba en segundo lugar pidió champán delante de mi para celebrar un asesinato etarra del que informaban en ese momento en televisión»… Por unos segundos crispa el gesto y salen palabras gruesas de su boca. «A ese no le hablo», zanja.

Larga trayectoria

Manuel Huertas fue secretario general primero, y presidente después, del PSE. Actualmente es miembro del comité nacional de ese partido y del Comité Provincial de Guipúzcoa. También fue diputado entre 2004 y 2008, en la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero. Amigo de Alfonso Segade, juntos han vivido momentos terribles, como el
último asesinato de un concejal socialista, el de Isaías Carrasco, perpetrado el 7 de marzo de 2008 por Beinat Aguinagalde. Le descerrajó cinco disparos a corta distancia, para asegurarse de que acababa con su vida. Es uno de los que ha acercado el Ministerio del Interior.

Manuel Huertas fue secretario general y luego presidente del PSE

Huertas vive en San Sebastián y cuando habla, en tono rotundo pero reflexivo, se le nota su profesión: maestro. «No puedo admitir que con ETA vivíamos mejor. La convivencia se ha hecho más fácil, se puede ir a cualquier pueblo sin que a uno lo increpen. Al menos en mi ámbito, han cesado esas miradas lascivas, de odio que se veían antes… Se ha mejorado mucho; en especial hemos mejorado nosotros, que éramos los que poníamos la cara y los que conseguimos que el nacionalismo, en su conjunto, haya fracasado, porque lo que pretendía era que se negociase con ETA, se cediese, como quedó claro en el nefasto pacto de Lizarra de 1998. Y eso no se produjo».

Pero también tiene claro que el legado de la banda – «el odio, el intento de aniquilar al diferente, el miedo de una parte de la sociedad»– continúa en alguna medida, «mucho más diluido, porque ese veneno se inocula fácilmente pero se tarda mucho en eliminar». «En el fin de ETA no hubo concesiones, ni fue consecuencia de un acuerdo escrito entre dos partes… No se puede hacer un discurso como si aún existiera, porque no es cierto. Es verdad que aún quedan muchas asignaturas pendientes, como esos ‘ongi etorri’con los que se recibe a los presos, que no dejan de ser una utilización política de la violencia, el no querer reconocer el daño causado, aunque también la tapadera del profundo fracaso de los terroristas».

«No hay que perder de vista –analiza un mando de la lucha contra el terrorismo de las Fuerzas de Seguridad destinado en esa Comunidad– que los asesinatos de ETA eran tácticos, una herramienta más del llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV). Se derrotó a la banda, pero su objetivo estratégico, conseguir la independencia, no ha variado. Simplemente, utilizan otros métodos».

Homenajes hasta la náusea

Cuando se recorren las ciudades y pueblos del País Vasco sorprende también que no se visualice la rendición de los terroristas, homenajeados hasta la naúsea por una parte –pequeña, muy pequeña si se quiere pero muy presente– de la sociedad. «El gran error –reflexiona la misma fuente– ha sido permitir que los mismos que alentaban a ETA, la justificaban y amparaban estén en las instituciones, negociando con el Gobierno los Presupuestos. Insisto, las mismas personas, con nombres y apellidos, a pesar de que eran tan miembros de la organización terrorista como los de las pistolas… Al menos se podía haber cuidado ese detalle, haberles obligado a que fuesen otros los que estuvieran al frente de las formaciones de la Izquierda Abertzale, porque si llegara un marciano sin información de lo que aquí ha sucedido diría que la banda había vencido».

Pintadas en las calles de ciudades del País Vasco a favor de los etarras

En la decena de largas conversaciones mantenidas -con Alfonso Segade, Manuel Huertas, ambos del PSE, Luciano Varela, Carlos García, Iker Iribarren, Joseba Elejalde, José Manuel Micolta, Javier Sánchez o Ascensión Guerra, del PP, personas del mundo nacionalista y policías y guardias civiles-, hay una preocupación común: la educación. Para la práctica totalidad de ellos –salvo Huertas, que introduce matices, y los nacionalistas–, es el asunto más delicado, precisamente porque es en las escuelas donde se inoculan muchos de los virus que envenenan la sociedad vasca.

Segade lo tiene claro: «El nacionalismo utiliza la educación para adoctrinar, para extender su control social. Hay muchos jóvenes que no saben qué fue ETA». «En las aulas no se habla de España, los mapas que hay en las clases son, solo, de esa entelequia que llaman Euskalherria, con las tres provincias francesas y Navarra como si formaran parte del País Vasco». Huertas, matiza: «Eso puede ocurrir en algunos lugares concretos, sobre todo en el ámbito rural, pero mi experiencia personal no es esa en absoluto».

«Hasta el lenguaje es tramposo –insiste Segade–. Euskalherria solo se puede referir a aquellos lugares donde se habla euskera, no es sinónimo de País Vasco. Cuando oigo a compañeros utilizar este término, no lo puedo entender»… «Es como si dijéramos que todos los lugares donde se habla español son España. Ridículo, ¿no?» añade Carlos García. Ninguno se explica por qué el Estado no reacciona, por qué no actúa la inspección.

«Hay compañeros míos, universitarios, que están reaccionando por la imposición del euskera, que se acercan a nosotros porque están hartos, y son gente de familias nacionalistas», remacha Iker Iribarren. ¿Un brote verde? Veremos.


Fuente: ABC.es .

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