La curiosidad es una de las fuerzas más poderosas que nos mueven. Nos empuja a probar, a salir de nuestra “zona de confort” y, como es natural, a cometer grandes fallos. Es un arma de doble filo que ha dificultado la personalidad de infinidad de grandes genios. Exactamente la misma curiosidad que hizo relucir la psique de Hables Darwin es la que nos trae esta historia, no tan contada, mas del mismo modo auténtica. El relato de de qué forma la figura más esencial de la biología se dedicó a probar tantas especies exóticas como pudo, poniendo bajo riesgo su salud y su trabajo.Es usual meditar que el término de “evolución” nació con Darwin, mas es un fallo. La idea de que unas especies evolucionan en otras y de que todos tenemos un antepasado común es una cosa que podemos localizar en la Grecia tradicional. Lo que Darwin hizo fue proponer los mecanismos por los como se generan cambios en una especie, la selección natural donde los individuos más amoldados tienen más posibilidades de reproducirse y de esta manera contestar sus tan capaces cualidades. Una idea que sospechaban otros naturalistas de la temporada, mas que Darwin pudo apoyar con un extensísimo trabajo de observación vertido sobre los miles y miles de páginas de sus obras. En verdad, lo que propuso estaba lleno de “errores” ineludibles en aquella temporada, mas que con el tiempo hemos ido puliendo hasta diseñar la teoría de la evolución que conocemos hoy día.

Un búho “indescriptible”

En cualquier caso, el aporte de Darwin fue completamente clave y solo pudo existir merced a 3 motivos: que su familia tenía suficiente dinero para dejarle una vida ociosa de viajes, su capacidad de observación y una curiosidad sin límites. No obstante, si examinamos las muchas biografías que de él se han escrito, encontraremos que hacen referencia a un pequeño conjunto de personas en Cambridge del que formaba parte: el Glutton Club. Aquellos individuos podrían haber pasado por un conjunto de amigos cualquiera que quedaba para cenar y tomar hasta entrada la noche. Mas por más que riesen y contasen batallitas, había algo diferente en ellos o bien, mejor dicho, en sus platos.El Glutton Club tenía un claro propósito: probar tantos animales exóticos como pudiesen localizar. Cuentan que tuvieron el placer de compartir mesa con todo género de aves desde halcones hasta algún avetoro. Los convites se sucedieron y nuestro amigo Darwin gozó de ellos como solo un naturalista lo podría hacer, degustando la anatomía equiparada. Se proponía si el sabor podía aportar información sobre la especie y si 2 animales de gusto semejante estarían vinculados. Aquellas asambleas eran una auténtica celebración de entusiasmo, cuando menos al estilo británico. No obstante, llegaron a su fin por culpa del plato primordial. Tiempo una vez que el club cerrase, Darwin aún recordaba en sus cartas cuánto le había repugnado aquel cárabo común (Strix aluco). Una suerte de búho pequeño de gusto “indescriptible” para Darwin y que había indigestado a una buena parte de los comensales. En todo caso, es posible que aquel cárabo enterrase al Glutton Club, mas no a nuestra historia sobre el lado más Sibarita de Darwin.

¡Oh no!

Durante sus viajes a Sudamérica, Darwin se dedicó a atrapar a todo ejemplar extraño que veía con el propósito de mandarlos a su tierra madre a fin de que fuesen clasificados por especialistas. Si en nuestro tiempo las selvas de América prosiguen siendo un misterio, por aquel entonces eran un edén de especies jamás vistas, ciertas pequeñas, otras no tanto. La que nos ocupa pertenece a este segundo un pájaro de 90 centímetros de altura. El día de hoy le conocemos como ñandú de Darwin (Rhea pennata), algo semejante a un avestruz, mas 3 veces más pequeña y del otro lado del Atlántico.El ñandú de Darwin era esquivo. Ya había sido descrito por otros naturalistas, mas absolutamente nadie había logrado apresar uno, y ese era el nuevo objetivo del joven Darwin, que por aquel entonces apenas superaba la veintena de edad. Cada día, la busca resultaba ineficaz. Tras largas jornadas sin provecho, Darwin volvía exhausto, con las fuerzas justas para cenar algo al lado del fuego. Uno de los platos estrella era el ñandú, mas de una especie algo más grande al que procuraban. Puesto que bien, eso es lo que Darwin pensaba estar masticando aquel día en el campamento, le volvió a la psique la imagen del cadáver. De manera rápida se puso de pie y entre chillidos hizo que sus acompañantes dejasen de comer. Aquel no era una cría de ñandú común, era la insigne ave que llevaban semanas persiguiendo.¿De qué manera solucionar tal destrozo? Darwin precisaba a aquel ejemplar para mandar a su tierra y que se pudiese reconocer como especie. ¿Qué podía hacer con un puñado de huesos rechupeteados? Muy simple, cogerlos, limpiarlos y clasificarlos. Tal y como si fuera un rompecabezas, Darwin comenzó a jugar con el alimento y cuando hubo acabado, reunió los restos que aún quedaban en la cocina: huesos del cuello, las largas patas, la cabeza del animal y tantas plumas como pudo. Aquel rompecabezas fue mandado a Inglaterra donde, tras revisar que, ciertamente, se trataba de una nueva especie, fue recompuesto con restos de otras aves afines. Mezclando las sobras de Darwin con huesos y plumas de ejemplares de ñandú común, crearon un monstruo de Frankenstein de la taxidermia imitando al devorado animal.No obstante, hay que ser justos, cualquiera puede tener un distraiga, no hablamos de un animal que hubiésemos comido de manera compulsiva por gula una y otra vez eludiendo que llegasen especímenes vivos a G. Bretaña ¿no?

Chupito de orín

Durante su viaje por Sudamérica Darwin probó todo género de animales: armadillo, puma, iguana y, como es natural, tortuga gigante. Darwin probó su carne hecha con la técnica del “asado con cuero” y tomó la orina de sus vejigas, que describió como “límpida y con un ligero toque ácido”. Con lo que dejó escrito, aquella cena no fue nada singular para él, mas según lo que parece el paladar de Darwin era la salvedad por el hecho de que las tortugas eran una auténtica exquisitez.Es esencial rememorar que Darwin no estaba solo. Era una parte de una larga tradición de humanos con el impulso de ingerir aquello que descubren. El dodo (Raphus cucullatus) el solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), el alca gigante (Pinguinus impennis), y la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas) fallecieron en buena medida por nuestra gula y otras especies, como las tortugas gigantes, estuvieron cerca de proseguir sus pasos.Los marineros describían la carne de estos enormes quelonios como un sustancioso manjar. Simple de digerir, ligero, jugoso y lleno de sabor. Muchos navíos que pasaban por las Islas Galápagos se cargaban con varias ya antes de adentrarse nuevamente en el mar. La tortuga era un tesoro a lo largo de las travesías. Apenas precisaban agua o bien comida y no incordiaban a la tripulación. Podían tenerlas sueltas en la cubierta sin que supusiesen un inconveniente y darles matarile cuando quisiesen algo de carne fresca. En verdad, la tentación de transformarlas en la cena era tan grande que desde su descubrimiento no logró llegar ni un ejemplar vivo a Inglaterra en prácticamente 300 años, lo que retrasó más de la cuenta su clasificación taxonómica y, por ende, que recibiesen un nombre científico propio.Sin embargo, debemos llevar cuidado. Por más que desde la distancia el cuerpo nos solicite caricaturizar la situación, debemos comprender que Darwin era hijo de otra temporada. Su pensamiento estaba por delante de sus contemporáneos en muchas cosas, mas en otras tantas era un producto del siglo en el que vivía. La sombra de Darwin es una de las más grandes de la historia de la humanidad y nos prosigue albergando 2 siglos después. Mas no olvidemos que, tras el genio barbiblanco, había un joven que no vaciló probar la orina de una tortuga por simple curiosidad. Y ¿qué hay más humano que eso?

QUE NO TE LA CUELEN:

Darwin propuso el mecanismo de la selección natural para dar explicación a las relaciones de aspecto y comportamiento que veía entre diferentes especies. La idea de “evolución” ya existía, lo que Darwin definió fue, a grandes rasgos, el mecanismo que empujaba a unas especies a divergir.

REFERENCIAS:

Darwin, Hables, and Frederick Burkhardt. The Correspondence Of Hables Darwin. Cambridge University Press, 2013.Darwin, Hables, and Nora Barlow. The Autobiography Of Hables Darwin, 1809-1882. W.W. Norton, 1993.Eldredge, Niles. Eternal Ephemera – Adaptation And The Origin Of Species From The Nineteenth.

Fuente: larazon.es

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