Mientras me documentaba sobre la historia del bismuto como metal medicinal, me encontré de casualidad con un caso clínico del siglo XIX que tiene como protagonista a un tipo que, cuando tomaba varias copas de más, tenía la curiosa costumbre de procurar impresionar a sus allegados tragando grandes cantidades de navajas. Y, no, no me refiero al molusco con exactamente el mismo nombre, si no a las navajas menos capaces para el consumo humano: las que tienen hojas de acero y se pliegan sobre un mango de madera.Sobra decir que la historia de este buen hombre no tuvo un final feliz, mas, incluso de esta forma, el caso me ha semejado digno de mencionarse por el curioso procedimiento químico que se les ocurrió a los médicos de la temporada para procurar curarle… Y como testamento a lo resistente que puede ser el cuerpo humano.

El paciente

En junio de 1799, un marinero americano de 23 años llamado John Cummings paseaba con sus compañeros por la costa de Francia cuando tropezaron con una multitud fascinada por un zahorí que les hacía opinar que era capaz de tragar navajas. Tras regresar al navío y contar la historia al resto de la tripulación, un Cummings ebrio aseveró que era capaz de conseguir exactamente la misma proeza, con lo que sacó su navaja del bolsillo y se la tragó sin inconvenientes. Y, frente a un público insistente que le alentaba a reiterar el truco, esa noche terminó tragándose un total de cuatro navajas.Contra todo pronóstico, Cummings no padeció ningún efecto desfavorable y «expulsó» 3 de las navajas a lo largo de los días siguientes. Es verdad que jamás recordó haberse deshecho de la cuarta navaja, mas, si no lo hizo, jamás le ocasionó ninguna molestia.Ante la ausencia de consecuencias negativas, Cummings no aprendió una valiosa moraleja aquel día y repitió su espectáculo a lo largo de otra borrachera en la ciudad de Boston, en el mes de marzo de 1805. Tras haber tragado una cantidad récord de 14 navajas, esta vez las consecuencias fueron considerablemente más serias: Cummings despertó con unos vómitos incesantes y un dolor estomacal que le sostuvieron en el centro de salud «hasta que se deshizo de su carga el día 28 del siguiente mes».Aun de esta forma, esta mala experiencia tampoco hizo mella en la determinación de Cummings por tragar navajas. En verdad, en el mes de diciembre de 1805 superó su marca personal de nuevo tragando un total de 17 navajas… Y las cosas se pusieron feas de veras.

Las complicaciones

Al día después, Cummings despertó con un intenso dolor abdominal y asistió al cirujano del navío en pos de ayuda, mas la medicina que se le proveyó no surtió efecto. En conjunto, el marinero tardó 3 meses en apreciar una mejora, supuestamente provocada por la consumición de «cierta cantidad» de aceite. Incluso de esta forma, las navajas proseguían alojadas en su sistema digestible y el dolor volvió en el mes de junio de 1806, cuando devolvió un fragmento del mango de una de ellas. En el mes de noviembre del mismo año y febrero de 1807, excretó múltiples fragmentos auxiliares y su salud comenzó a empeorar hasta el momento en que, en el mes de junio, fue expulsado del navío.Casi inmediatamente, Cummings viajó a Londres para ser ingresado en el Guy’s Centro de salud, mas su historia sobre la ingestión de navajas era tan bastante difícil de opinar que los médicos pasaron un año tomándole por un simple hipocondríaco. Después de todo, se trataba de una temporada en la que su testimonio no se podía confirmar con una simple radiografía, pues esa tecnología todavía no había sido inventada.Al final, frente a la insistencia de Cummings y la congruencia que había preservado su testimonio a lo largo del tiempo, aparte del intenso dolor que parecía estar padeciendo y la dureza que presentaba en la zona que rodea el colon, un tal Dr. Babington le admitió como paciente. Cuando el médico observó el intenso color negro de sus excrementos y confirmó la presencia de por lo menos un pedazo de navaja bloqueado en su intestino a través de un tacto rectal, no quedó sitio a dudas. Cummings afirmaba la verdad. Verdaderamente tenía un sinnúmero de material ferroso parcialmente degradado alojado en sus intestinos. Ahora, la cuestión era hallar la forma de sacar de ahí todo ese metal.

El tratamiento

Ante la imposibilidad de extraer quirúrgicamente los fragmentos de navaja, el Dr. Babington decidió que la opción mejor era administrarle a Cummings ácido diluido por vía oral. La pretensión era que el ácido reaccionara químicamente con el hierro de la navaja y lo disolviese por completo o bien, por lo menos, que desgastara los bordes afilados lo bastante para facilitar su paso por el sistema digestible con seguridad.La idea tenía sentido el punto de vista químico. Por servirnos de un ejemplo, el motivo por el cual la sal se disuelve en el agua líquida es que las moléculas de agua son capaces de pegarse a los átomos de cloro y sodio que componen este sólido y separarlos. Cuando las moléculas de agua terminan de arrancar cada uno de ellos de los átomos de cada grano de sal y los han dispersado a lo largo del volumen del líquido, diríase que la sal se ha disuelto.Ahora bien, un mazacote de hierro no se marcha a disolver en un vaso de agua, por más que se remueva. La razón es que los átomos de hierro están unidos entre ellos con demasiada fuerza y las moléculas de agua no los pueden separar. Acá es donde entran los ácidos: substancias que son capaces de reaccionar químicamente con el hierro, arrancando sus átomos de la superficie del metal y obligándolos a conjuntarse con otros elementos que contiene el ácido, formando moléculas en las que los átomos de hierro terminan unidos a esos elementos con mucha menos fuerza, de forma que el agua los puede separar y disolver.Volviendo al caso de Cummings, los médicos le dieron ácido sulfúrico y nítrico diluidos con la pretensión de que reaccionaran con el hierro y lo transformara en sulfato de hierro y nitrato de hierro, respectivamente. Como estos 2 compuestos solubles en el agua, los fragmentos de navaja irían perdiendo hierro conforme reaccionaran con el ácido y el cuerpo de Cummings los podría expulsar con más sencillez. Desgraciadamente, las cosas no fueron conforme lo planeado.

El trágico desenlace

Aunque los médicos mantenían que su tratamiento dejó exender la vida de Cummings, este murió en 1809 y la necropsia descubrió que tenía los intestinos llenos de óxido de hierro negro y pedazos de metal bloqueados entre sus paredes. Además de esto, en su estómago se hallaron entre 30 y 40 fragmentos de navaja que terminaron expuestos en el museo anatómico del centro de salud.¿Fue una gran idea tratar el caso de Cummings con ácido? Si bien he encontrado otros médicos de la temporada en los que se especifica la disolución de cuerpos foráneos con ácido diluido, como huesos de pollo, actualmente este género de tratamiento solo se emplearía en casos muy extremos, en tanto que esos ácidos asimismo provocan daños en las paredes del esófago y el tracto intestinal.En la actualidad, un caso como el de Cummings se trataría con considerablemente más velocidad y eficiencia en un centro de salud moderno merced a la tecnología de rayos X y a la existencia de técnicas quirúrgicas menos invasivas. Incluso de esta forma, por si acaso acaso… No traguéis navajas.

QUE NO TE LA CUELEN:

La mayor una parte de trucos de faquires no son trucos de magia. Los tragadores de sables atraviesan con ellos su gaznate, por servirnos de un ejemplo, y exactamente de ahí que son espectáculos enormemente imprudentes que los apasionados no deben procurar.Actualmente la impactación de un cuerpo en el cilindro digestible solo se trata con ácido cuando es de carácter metálico y no hay otra opción alternativa.

REFERENCIAS (MLA):

Alexander Marcet. “Account of a Man who lived ten Years after having swallowed a number of Clasp-Knives; with a Description of the Appearances of the Body after Death”, Med Chir Trans. 1823; 12(Pt 1): [52]-63, 254-1.

Fuente: larazon.es

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