El día que el tatuaje dejó de ser macarra y entró al museo

Publicado el Por Sara Vargas


España va tatuada, lo raro es lo contrario. Pero, en 1996, apenas había cien estudios para pintarse; por los 2.000 actuales. Ahí estuvo el pionero ‘Mao y Cathy‘, abierto para los militares americanos de Rota en 1982. O el fundamental ‘El Martillo de Lucifer‘, en Malasaña, parque de moteros concebido por Alberto García-Alix en el 92. Y de ahí a los jugadores de la Roja con cada vez más tribales o letras élficas. O Kaydy Cain, el cantante de PXXR GVNG, que se marcó la cara en 2015 cuando aún era rarísimo: «Chavales, yo ya no puedo trabajar de cara al público», le dijo a sus compañeros de banda. Hitos normalizadores de la historia coloreada de nuestro país.

¿Habrá Rey o presidente de Gobierno con ‘tatu’ algún día? Cifuentes, Ayuso, Kichi, el ministro Alberto Garzón o Elena Valenciano tienen el suyo. Porque entre un 15 y un 20% de nuestro país los llevan. Un ‘boom’ a nivel europeo, en realidad. Si en 2002 solo un 5% tenían, ahora uno de cada dos millenials (y posteriores generaciones) ya van pintados en el Viejo (pero moderno) Continente. Y todo esto solo es la punta del iceberg de la historia de una práctica ancestral global, que comenzó hace 5.000 años, y que ahora podemos conocer en toda su dimensión en una nueva exposición, ‘Tattoo. Arte bajo la piel‘, en el CaixaForum de Madrid
desde este 2 de diciembre al 17 de abril de 2022
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El tatuaje, semánticamente, debe su nombre al ‘tatau’ polinesio que la tripulación europea del capitán Cook descubrió en el siglo XVIII. La evolución de esta práctica ha sido el resultado de intercambios entre países, entre corrientes marginales y dominantes. Y aunque amplificado ahora por las redes sociales y la nueva normalidad de su uso, el tatuaje, sobre todo, ha escrito su historia gracias a los avances tecnológicos. Por ejemplo, la invención clave en 1891 de la máquina de tatuar eléctrica por parte del estadounidense Samuel O’Reilly, que incrementó enormemente las posibilidades de esta práctica y favoreció su difusión. La exposición, concebida originalmente en el Musée du quay Branly – Jacques Chirac en 2014, fue la muestra más vista en la historia de este museo francés, y, desde entonces, no ha dejado de girar por Chicago, Toronto… hasta su llegada ahora a CaixaForum, en donde estará durante cuatro años en las distintas sedes de la institución en nuestro país.

Patrimonio común

Una de las ideas fuertes de la expo es que el tatuaje ha pasado de ser un punto de confluencia de espíritus ‘outsiders’ y peligrosos a entrar en un museo. Ha pasado del carácter sagrado, ritual y punitivo, o de ser un lenguaje codificado entre delincuentes, al reconocimiento de la Academia. Una práctica que, todos sabemos, era mal vista, como nos contó DJ Nano cuando empezó a tatuarse hace décadas en nuestro país, que resistió su generalización. Pero ya no, como explica Elisa Durán, directora general adjunta de la Fundación ‘la Caixa’, pues se ha pasado en todo el mundo «de la marginalidad al glamour y la modernidad». Aunque la exposición va más allá que mostrar este «inesperado cambio», pues explora, sobre todo, las raíces históricas y antropológicas del tatuaje, «un patrimonio común de gran parte de la humanidad».

En Europa, por ejemplo, fue reprimido por el cristianismo y hasta el siglo XIX perduró como forma de marcar a los delincuentes. Sin embargo, a partir del siglo XV, en la época de las grandes exploraciones, el tatuaje fue descubierto también por los conquistadores en Asia, en Oceanía y en las Américas. Al viajar en la piel de marineros y aventureros, el tatuaje perdió así la función de asimilación que cumplía en las sociedades no europeas. En Occidente, se instaló luego en la marginalidad, mientras que en los territorios conquistados se reprimió con fuerza el tatuaje tradicional de fines religiosos, mágicos e iniciáticos. Ya a inicios del siglo XIX, en Europa el tatuaje empezó a ser un acto voluntario, un lenguaje clandestino para realzar tu identidad, aunque todavía subterráneo, hasta la actual proliferación (o pandemia) impulsada por la sociedad del espectáculo y las redes.

Así, esta historia del ‘tatu’ a lo largo de tantos milenios muestra al primer individuo que se exhibió pintado en un circo en Estados Unidos, como el teatro kabuki japonés del periodo Edo (1603-1868) tatuaba a los personajes que hacían bandoleros y atracadores o como en Nueva Zelanda (o Aotearoa, que es el nombre maorí del país) el ‘moko’, ese tatuaje de curvas y espirales inspirado en los brotes de helecho, era el adorno específico de los jefes y guerreros que podían permitirse los servicios de un experto tatuador (o sea, un símbolo de poder). Incluso encontramos moldes de siliconas encargados para la ocasión para hablar de las nuevas generaciones de artistas del tatuaje, como Leo Zulueta, Alex Binnie, Xed LeHead y Yann Black que miran al tercer milenio reinterpretando los clásicos de la vieja escuela americana pero mezclándolos con el ‘irezumi’ japonés o con «la vena salvaje del tatuaje ruso del gulag». Y también, cómo no, se anticipan las posibilidades estéticas de los píxeles en nuestro cuerpo. En fin, una expo, para coger ideas para el nuevo mundo aún más tatuado que se nos viene.


Fuente: ABC.es .

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