Cada uno y cada quien tenemos un mantra, una canción o bien un sitio contra esos “perros negros” de la melancolía, que afirmaba Wiston Churchill. Para unos es una persona a la que asistir, para otros el cine, un pueblo, una nana de la niñez… Vaya a saber. Cuando Holly Golightly se sentía “bluff”, en sus “días rojos” (cada uno de ellos tenemos una forma de nombrarlo, de conjurarlo) asistía a a la Quinta Avenida con la 57th. “Lo único que me ayuda es subir a un taxi y también ir a Tiffany’s. Me alivia los nervios enseguida. Es tan sigiloso y soberbio. Allá no puede suceder nada malo. Si encontrase un sitio que me hiciese sentir como Tiffany’s entonces adquiriría muebles y le daría un nombre al gato». Un sitio en el que quedarse a vivir.Tiffany’s, en parte merced a esa Holly confeccionada por Audrey Hepburn en “Desayuno con diamentes” (1963), es una suerte de meca de pequeñas de provincia, jóvenes atrapadas, como fabuló Francis Scott Fitzgerald en un sueño de amor y lujo, en un “diamante grande como el Ritz”. “Me agrada la gente riquísima. Cuanto más rica es la gente, más me gusta”, declara el protagonista de este cuento de la era del jazz… Asimismo Fitzgerald, como Holly, procuraba el dinero en la sonrisa de la gente y la luna le parecía un enorme lumínico sobre Manhattan. La diadema que luce Carrey Mulligan en “El gran gatsby” (2013) de Baz Luhrmann, se elaboró en Tiffany’s a imagen y similitud de modelos de los años 10 y 20 de la firma joyera. Ella es Daisy, la muchacha eléctrica, inasible, con la “voz llena de monedas”.Pero volvamos a la Hepburn. Su clase innata, esa que viene cincelada en exactamente el mismo hueso, cuestión de percha, endulzó mucho en la versión de Hollywood el personaje de la novela de Truman Capote, una “escort” que escapa de un pasado “redneck” de América profunda. «Holly no es flaca, ni es chic, ni de cara huesuda como esta», se quejaba el escritor. Él abogaba por Marilyn Monroe. Al cabo, no nos engañemos, hay una conexión ineludible entre la carencia de gusto y el gusto excesivo por las joyas.¿Hasta qué punto la Hepburn nos predispuso en favor de Tiffany’s, tal y como si fuera su agente de ventas? Cuestión conspiranoica. El caso es que el desayuno más renombrado del cine americano, al amanecer, frente al escaparate, con un café y una brioche, redimensionó en el planeta la imagen de una firma joyera de orígenes familiares, que data de 1837, exponente del lujo de Norteamérica en frente de la Vieja Europa. El lujo ha sido principalmente un tema francés, entonces italiano y británico… Mas el dinero siempre y en todo momento lo han tenido los americanos. Tiffany’s era la demostración de que asimismo sabían elaborar un buen pedrusco.Ahora, Francia se come el refulgente pastel de la joyería de la Quinta Avenida. El emporio LVMH, que ha ido tragando pedazos de la historia de la moda a golpe de chequera (Dior, Bulgari, Loewe…) con esa lógica capitalista implacable en frente de los conceptos antañones de familia, artesanía y proximidad, suma un buen diamante. Han pagado 14.700 millones por él, la adquisición más cara del gigante del lujo. A cambio, adquieren un pedazo de memoria sentimental, literaria y amante del cine. Arrastran a Holly a su equipo y, de paso, a todas y cada una aquellas que sueñan en ahuyentar con refulgentes los “días rojos”, los “perros negros”, o bien lo que sea.

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