June ya está acá. En las 2 primeras temporadas de El cuento de la criada (The handmaid’s tale) esto comportaba que era la hora de padecer. No existían personas más miserables que la criada por fuerza de los Waterford y las otras mujeres de Gilead, siempre y en todo momento maltratadas, analfabetizadas y maltratadas por un patriarcado que actuaba sin filtros ni sentido de la decencia. El nivel de sadismo de la sala de argumentistas de Bruce Miller recibió varios golpazos conforme se extendían las torturas y, como su hubiese tomado apuntes de estas críticas, la tercera temporada arranca dando más poder a los personajes femeninos.

¿Era preciso que se enfatizara tanto el dolor? En su instante ya escribí a este respecto y, en verdad, afirmaba que no deberías ver la serie si no estabas presto a padecer. Es lo que tiene apreciar hacer un retrato de una opresión absolutista y mezquina, especialmente cuando las bases sentadas por la directiva Reed Morano en el primer episodio eran contemplativas del suplicio. Sabían que Elisabeth Moss había invertido su talento en la producción y que les daría primeros planos y movimientos lentos dotados de inquietud en todos y cada escena.

Bardley Whitford sostiene el factor de tensión como Josef Lawrence.
(Hulu)

Este dolor en el pecho, no obstante, ya no es la prioridad de Bruce Miller. Está allá de fondo, como es lógico, por el hecho de que en Gilead la dicha no existe y aún hay escenas como la escapada de Emily con Nicole, de las que te dejan sin respirar y desolado, mas se aprecia un cambio de óptica. Ya no es la historia sobre una mujer que recibe las consecuencias de vivir en una sociedad imposible, que recibe un golpe tras otro y que escapa de la ejecución por ahorcamiento por la mínima.
El cuento de la criada ha pasado a ser la historia de una June considerablemente más activa. Su osadía ya no está motivada por el temor sino más bien por la saña y el deber. Es una June que no se disculpa, que no aguarda que padezcas por ella por el hecho de que ya conoce realmente bien Gilead y está de vuelta de todo. Sabe cuáles son las consecuencias, sabe que tuvo la opción de huir de allá con su recién nacida y, en cambio, se plantea su vida como un activismo fiero y preciso. Ha pasado del “ay, que padezco y que me pillan” al “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”. Eso sí, primero debe salvar a Hannah, su hija mayor.

La evolución de El cuento de la criada probablemente era precisa para llevar la serie a una nueva fase, a fin de que el público admitiese invertir en la trama en un largo plazo. Una historia sobre el dolor tal vez marcha mejor en un arco breve, uno de 3 temporadas, no las 7 que en su instante Miller afirmó que tenía planeadas.

¿Podemos dar un Emmy YA a Yvonne Strahovski?

¿Podemos dar un Emmy YA a Yvonne Strahovski?
(Elly Dassas / Hulu)

Por el momento, la transformación de June se percibe orgánica y da energías a la serie al tiempo que abre nuevos frentes. El impredecible comandante Joseph Lawrence (Bradley Whitford) sostiene ese hilo de tensión que caracteriza la serie, esa incapacidad de June de bajar la guarda, aunque asimismo deja desarrollar de forma menos disimulada esa red feminista para derruir el régimen de Gilead, formado por las Marthas.
Mientras, tenemos una Sosiega Waterford que toma conciencia de lo injusto de un sistema que misma deseó incorporar y del que después ha recibido las consecuencias. El instante en el que vio que su hija no podía medrar a su lado por el hecho de que viviría oprimida y ni siquiera podría leer, una actividad que acarreó que las autoridades le cercenaran un dedo a ella, su camino cara la redención empezó. Y, con el recital interpretativo que nos ofrece Yvonne Strahovski, es imposible no abrazar este viaje de Sosiega y El cuento de la criada.

Bienvenidas, chicas.

Quizá era preciso que ‘El cuento de la criada’ evolucionara cara una June más valiente y menos miedosa si desea soportar 7 temporadas

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