El conquistador de la Isla del Diablo



Todo el planeta ha oído charlar alguna vez de Papillón («Mariposa», en francés), el superviviente del averno de la Isla del Demonio que vivió de milagro para contarlo en 2 libros, uno de los que inspiró una conocida película. Mas prácticamente absolutamente nadie conoce aún el día de hoy la existencia de otro héroe que terminó con la horrible pesadilla real en que se transformó el insigne penal de la Guayana francesa. Rindamos de ahí que ahora justo homenaje a Converses Péan, el hombre escogido por el Gobierno galo para liquidar la «guillotina lenta» que acabó con las ilusiones y esperanzas de 60.000 infelices desde su fundación en 1852. No en balde, cuando el príncipe Napoleón creó la colonia, uno de sus ministros le preguntó: «¿Quién guardará a los penados?». A lo que el regio interpelado restituyó sin miramientos: «Otros prófugos peores que ellos». El comandante Converses Péan pertenecía al Ejército de la Salvación y se transformaría con el tiempo en un genuino salvador de vidas humanas. Concluida ya la Primera Guerra Mundial, nuestro protagonista grabó a hierro y fuego en su memoria el leimotiv del Ejército: «Un hombre puede estar caído, mas nunca está vencido». Y lo predicó con el ejemplo hasta el final. El joven estudiante Péan consiguió el grado de doctor en Teología y ofreció su vida al Ejército de la Salvación. Mientras que trabajaba en el distrito parisiense de Montmartre, tuvo nueva por la prensa de los horrores que arrasaban a los presos del penal de la Guayana. Años después, se resolvió a publicar un libro titulado en inglés The conquest of Devil’s Island donde narraba, con todos los detalles, su descenso al infierno. La primera vez que pisó aquella maldita isla continuó 3 meses inacabables en ella inspeccionando los agobiantes campamentos de trabajos forzados en la mitad de la selva, donde se hacinaban cientos de presos hambrientos y desnudos. Las tierras pantanosas estaban plagadas de mosquitos y culebras, y la fiebre y la disentería segaban las vidas más temprano que tarde. Atmósfera nauseabunda Converses Péan pasó noches enteras en las angostas secciones de las barracas que daban cobijo, como a bestias salvajes, a unos ochenta convictos que apenas podían moverse o bien respirar en aquella atmosfera vomitiva. Visitó asimismo las barracas disciplinarias donde los presos se transformaban en caricaturizas de sí tras meses de incomunicación. Y verificó, en definitiva, que del millar largo de presos que Francia mandaba de año en año a la isla, menos del 10 por ciento conseguía subsistir 5 años. El oficial del Ejército de la Salvación clamó de esta manera poco después enfurecido frente al gobernante de la colonia por el hecho de que Francia, en pleno siglo veinte, tuviera más de cuatrocientos individuos empleados en un servicio penitenciario cuyo único resultado era la completa humillación física y ética de seis.000 humanos. El gobernante procuró desalentarle con la cruda realidad: la Isla del Demonio era un averno en miniatura que ningún hombre podía conquistar. Mas Converses Peán nunca se dio por vencido. Retornó a Francia y debió guardar cama a lo largo de dieciocho meses por una fiebre tropical. Una vez repuesto, comenzó su particular cruzada contra el inhumano penal: escribió artículos, recorrió toda Francia para denunciarlo, visitó sin reposo los despachos oficiales y sostuvo vivo el inconveniente de la Isla del Demonio en la conciencia de los políticos. En 1933 retornó a la Guayana francesa, donde creó una granja para cultivar legumbres y criar ganado destinado a los presos. Estableció talleres de carpintería para fabricar muebles en los cobijos y objetos tallados para la exportación. Por si no fuera suficiente, procuró ayuda para talar la selva virgen con el propósito de hacer una plantación de plátanos que daba trabajo a los hombres y beneficios a los cobijos. Al fin, en 1938 el presidente de la República francesa, Albert Lebrun, firmó un decreto prohibiendo la imposición de sentencias en la Isla del Demonio y disponiendo que la pena de trabajos forzados se cumpliera en las penitenciarías normales. Los penados recluídos ya en la Guayana proseguirían allá hasta cumplir sus condenas, mas podrían irse después. El estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpió la tarea de Peán. Detenido en Francia por los invasores alemanes, no supo entonces que el Gobierno asilado de De Gaulle ejecutó la mayoría de sus ideas. Por último, a inicios de 1946 se dictó la orden oficial para la liquidación de la colonia. Peán fue nombrado liquidador. El documento que hacía mención de sus merecimientos acababa así: «Tiene ánima de apóstol».

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