Una de las imágenes más potentes del final de Breaking bad era Jesse Pinkman (Aaron Paul) huyendo de las instalaciones de los neonazis. En un resultado marcado por la muerte de Walter White (Bryan Cranston) y la amargura extrema de Skyler (Anna Gunn), era esa luz de esperanza en la que podía respaldarse el espectador más optimista. ¿Jesse se saldría con la suya? ¿Conseguiría una nueva vida? Como era el mala pieza que probaría ser mejor persona que Walter, que realmente ejercitaba de mala repercusión para su exalumno, era simple invertir en el futuro de Jesse. El Camino: A Breaking Bad movie, que Netflix estrenó este viernes, responde la pregunta que nos había dejado Jesse Pinkman al volante.

Si alguien creía que este proyecto escrito y dirigido por Vince Gilligan, el hombre tras Breaking bad, se centraría en la nueva vida de Jesse, está más que equivocado. No hay elipsis. No hay una apertura a una dimensión nueva del cosmos de Albuquerque presentado por la serie madre. El Camino reanuda la trama en el punto donde la dejamos y con un Jesse sediento de libertad en un territorio donde su semblante es el más buscado. Asimismo es un homenaje al personaje de Jesse Pinkman (siempre y en todo momento interpretado con una naturalidad magistral por Aaron Paul), destacando su traumática experiencia mientras que estaba secuestrado por los neonazis. No es el mismo. Es tal y como si Gilligan estimase que no había prestado suficiente atención a la mano derecha de Walter por culpa del estrellato de este.

El Camino: A Breaking Bad Movie
(Ben Rothstein / Netflix / Ben Rothstein)

Es posible que El Camino sea leal a la línea estética y narrativa de Breaking bad en su manejo de silencios, de conversaciones masculinas, de testosterona desbocada y de paisajes áridos. Tal vez sus entusiastas queden más que contentos por el hecho de que es precisamente una continuación de la serie: un epílogo en forma de episodio de 2 horas que no tuvo cabida en el metraje original. Mas con esta obsesión por no desligarse con el cosmos original, semeja esmerarse en ser superflua.

No cuenta nada nuevo. Tampoco se puede ver como una película independiente (por el hecho de que, bajo esta perspectiva, es como una película ya empezada y con una progresión trágica que marcha por acumulación con la serie). Y, en verdad, fuerza a preguntarse de qué forma Vince Gilligan puede ser tan complaciente: si en Better call Saul concibió una precuela realmente bien escrita mas repetitiva en temáticas y con un viaje afín, esta vez nos hallamos con otra historia que no introduce conceptos o bien tramas sino se recrea en todo lo que ya conocíamos.

No faltan apariciones de viejos amigos.

No faltan apariciones de viejos amigos.
(Ben Rothstein / Netflix / Netflix)

Qué lástima que el cosmos de Breaking bad, conforme teóricamente se expande, semeja hacerse más pequeñito. Está encantado de conocerse. Y, cuando acabas la película, sientes que allá sí habría una disculpa para generar una película. Mas este El Camino es una ocasión perdida.

Vince Gilligan es tan condescendiente que no aporta nada al cosmos de ‘Breaking bad’, ni siquiera una nueva historia

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