doce minutos de cunnilingus para nada



A Abdellatif Kechiche (Túnez, 1960) ambición no le falta. Cuando estrenó la primera una parte de la trilogía de «Mektoub, mi amor» en la Mostra de Venecia del 2016, charlaba de que, al fin, había encontrado el material narrativo conveniente para hacer su versión de «La comedia humana» de Balzac. En esta segunda entrega, que se presentó el día de ayer en Cannes sin créditos y recién salida del horno (sus anunciadas 4 horas de metraje se han quedado en 3 y media), reanuda a sus personajes donde los dejó, en el final del verano de 1994, en Sète, en la playa y la disco, entregados a un hedonismo sediento y agradable. Suponemos que el espíritu de Balzac, realista hasta la medula, se solidifica en este «intermezzo» en la atrapa que la cámara hace de la verdad del instante, desde un trabajo con la duración que no sabemos si calificar de radical o bien gratis. «Mektoub, mi amor: Intermezzo» ha perdido la mirada central del que era su protagonista, Amin, que ha dejado la capacitad de medicina para probar como fotógrafo y argumentista. Un observador pasivo Trasunto del propio Kechiche y depósito de las laudatorias palabras del abanico femenino que gravita a su alrededor, Amin es acá un observador pasivo de la comedia humana que se despliega en la escena de disco más larga nunca rodada (cerca de 3 horas), sin hacer nada que sugiera que sus misterios merecen la pena ser descubiertos. Descartado un punto de vista que calibre los biorritmos de la película, solo queda el exceso de los cuerpos deseantes en la pista de baile. Obviamente Kechiche es un cineasta del cuerpo, mas no a la forma de Claire Denis o bien Philippe Grandrieux. Su obsesión por el trasero femenino, por poner un ejemplo, prueba que quizá los que le tacharon de misógino en «La vida de Adèle» llevaban algo de razón. Es bastante difícil saber cuál es el propósito de Kechiche cuando decide dedicar 12 minutos a una escena de cunnilingus y, por contra, se muestra de lo más pudoroso en el momento de ocultar el miembro viril del protagonista en la secuencia final. No es, por ende, un cineasta del cuerpo sino más bien de la explotación del cuerpo, de su transformación en fetiche bajo una mirada excepcionalmente patriarcal. Si Tinto Brass levantara la cabeza, solicitaría un hueco en la sección oficial. Es indiscutible que ese cuerpo femenino poseído por el baile transmite una vibración singular a una escena que se alarga alén de un principio y un fin que solo existen en función de los estándares de metraje. Tal como está montada dura 3 horas, mas podría perdurar 6, y el resultado sería idéntico. O sea, jamás se tiene la impresión de que la escena necesite desarrollarse en tiempo real, ni tan siquiera que ese tiempo real sea orgánico. Hay algo de material en bárbaro en ella, que por una parte le da un aspecto inconcluso, imperfecto, repetitivo, y por otro, hace intuir esa verdad impresionista a la que aspira Kechiche. No se sabe, eso sí, para contar qué. El franco-tunecino consiguió en 2013 la Palma de Oro por «La vida de Adèle», y si bien la cinta consiguió éxito de público y crítica, no estuvo exenta de polémica por sus imágenes explícitas de sexo lesbiano entre 2 jóvenes. La propia autora de la novela gráfica en la que el filme está basado, Julie Maroh, expresó su absoluta desacuerdo sobre el tratamiento del erotismo en el filme: «Las escenas de sexo son ridículas», aseveró. Por otro lado, desde campos feministas le llovieron críticas por la «mirada masculina» del lesbianismo.

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