Dellafuente, Robin Guthrie, Beach House y David Bowie


Dellafuente – ‘Milagro’ (Sony)

Como ave fénix que resurge de sus cenizas, Dellafuente lleva un tiempo volviendo a nacer. Si su época junto al ahora reinante C Tangana –«Ella, que ha nacido modelo, diva y superestrella»– fue coqueteo con el mainstream, estos últimos años los ha dedicado a hacer música desde la introspección. La imagen a brocha gruesa que se tiene del trap no es favorecedora. Música para bailar con poca sustancia detrás; Dellafuente es el reflejo de que la cosa no es así. En ‘Milagro’, su cuarto álbum de estudio –aunque él dice que es primero «verdadero»– el granaíno Pablo Enoc explora las raíces de la música de su tierra, sin renunciar al cariz urbano. Con letras que evocan a las bulerías («La tiene iluminá’ / La cara iluminá’ / Cuando me mira’ bajo / Te bajo la mirá») y elementos de la tradición flamenca como pilar (en ‘Milagro’ tiene hasta cabida el estribillo de ‘Aleluya’, la adaptación de Enrique Morente de la canción de Cohen, cantado por el coro de la Orquesta Ciudad de Granada), este es un elepé en el que conviven palmeos, violines, sintetizadores y autotune.

El tema más recurrente en las siete pistas que forman el disco es la fama: no su anhelo y consecución, sino el rechazo a todo lo que conlleva. Lo dice en ‘Sanuk Sabai Saduak’: «Yo conozco uno que mucho tuvo / Y hoy en día ya nadie le quiere / La fama se convierte en un zulo», en ‘León Con Uñas de Gel’: «Saludan y en sus ojos veo mentira’», o en ‘Sin Faltar A La Verdad’: «Ya no quiero vuestras ala’ / Yo solito lo haré». Y la temática es consecuente con esa nueva presentación de El Chino; hacer música para él y los suyos, con aquello que ha bebido desde pequeño. Así que ahora Dellafuente ya no «nos lleva a París», pero saca la cabeza entre los restos carbonizados de su antiguo yo; es más sincero que nunca.

Por María Alcaraz.

Robin Guthrie – ‘Springtime’ (Soleil Après Minuit)

Ya es primavera donde Robin Guthrie, dependiente de un pequeño local que sobrevive de espaldas a la temporalidad y al ciclo comercial -tocan descuentos y rebajas, valga la redundancia- de las grandes superficies del pop y que empieza el año con el mismo anacronismo con que despidió el anterior: un nuevo cortometraje musical de cuatro piezas, ‘Springtime’, que insiste sin apenas variaciones en la trama instrumental que en el último trimestre de 2021 desarrolló en ‘Riviera’ y ‘Mockingbird Love’. Más de lo mismo, que no es poco.

Emparejado durante años con Harold Budd, fallecido en las primeras olas de la pandemia, y en menor medida con Mark Gardener, de Ride, el fundador de los Cocteau Twins se queda provisionalmente solo y, aislado en un estudio monoplaza, sexagenario y aburrido, invierte su talento en tocar la guitarra con apenas acompañamiento y sin otra voz que la que saca de unas cuerdas sintéticas en las que no deja de rebuscar -lo encontró hace décadas- el lugar donde la distorsión linda con la calma. Es muy bonito este ‘Springtime’ por lo que tiene de incidencia acumulada en un canon musical al que Guthrie da vueltas, agitado, no mezclado, para concentrarse y centrarse en la excentricidad. Le sobra magisterio -el buen gusto se le da por descontado, como el valor a los soldados- para terminar dando con la tecla o la cuerda de un lenguaje que lo haga único y lo sitúe a la altura de los más grandes del subgénero, Vini Reilly o Christian Fennesz. Está en ello.

Por Jesús Lillo.

Beach House – ‘One Twice Melody’ (Sub Pop)

Sin noticias discográficas de Beach House desde el año 18, el dúo de dream pop baltimoriano vuelve a lo grande con un disco doble marca fantasmagórica, reverberada y tremolizada de la casa (en la playa), una nueva cama flotante que adormece por los senderos ya labrados por sus pedaleras y sintes que quizá les vendiera el mismo Robin Guthrie, de sus mentores Cocteau Twins, justo reseñado arriba. Al menos, así va la cosa de momento, ya que solo han publicado la mitad de la monumental obra.

La canción que inicia es la joya de la homónima corona, ‘One Twice Melody’, declaración de intenciones pop desde el título y con un arpegiado acústico que sustenta el carrusel espectral de sutiles juegos de voces y emocionante sinte como leit motiv, y que tiene en ‘Pink Funeral’, la tercera pista, otra pieza de orfebrería sedosa a modo de medalla de plata o bronce solo si discute con el cierre ‘Over and Over’.

La voz de Victoria Legrand sigue expeliendo belleza acompasada, como nubes que se desvanecen suaves formando esculturas de tridimensional melancolía, entre un cielo de cajas de ritmo, pads, arpegiadores, órganos, cuerdas, arreglos orquestales en vivo del invitado Dave Campbell, y también, claro, las guitarras con chorus de Alex Scally, en un medio-disco notable por el descuello de algunas piezas celestiales.

Recordemos que ‘Once Twice Melody’ es el octavo título de estudio de Beach House, 18 canciones presentadas en cuatro capítulos (aquí hemos analizado dos). El 19 de enero y el 18 de febrero llegará el resto.

Por Javier Villuendas.

David Bowie – ‘Toy’ (Parlophone-Warner)

Con el prestigio artístico blindado gracias a ‘Blackstar’, último clavo en la tapa de ese ataúd en el que descansan, uno encima del otro, Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Duque Blanco y, claro, también David Bowie, lo que ahora toca es hacer caja. Abrir y cerrar el grifo de la nostalgia para seguir rentabilizando el pasado de un artista para el que, ‘ashes to ashes, funk to funky’, nunca existió más tiempo verbal que el futuro imperfecto. Así que, por más que el paso del tiempo, seis añazos ya, haya amortiguado la fervorosa oleada de ‘bowiemania’ que se desató tras su muerte en enero de 2016, la memoria del británico sigue cotizando al alza. Ahí están, por ejemplo,
los 250 millones de dólares que desembolsó Warner hace unos días para hacerse con los derechos de su canciones, y ahí está también el rescate de ‘Toy’, disco perdido durante más de dos décadas que emerge ahora
coincidiendo con el que hubiese sido el 75 cumpleaños del autor de ‘Life On Mars?’.

He aquí, pues, un álbum felizmente reencontrado que, pese a lujosas ediciones con tropecientos vinilos, mezclas alternativas y portada francamente horrorosa, no pasa de nota a pie de página en la discografía de Bowie. Un trabajo tirando a anecdótico, foto fija de un artista al que costaba retratar en reposo, que documenta el amago de renacimiento eléctrico que trajo su huracanado paso por el festival de Glastonbury del año 2000. Un auténtico subidón de endorfinas tras que el Bowie decidió encerrarse con su banda en el estudio para regrabar, en versión acorazada, algunas de sus viejas composiciones; canciones compuestas y grabadas entre 1964 y 1971 y desperdigadas en singles, caras B o recopilatorios.

A Virgin, su discográfica del momento, aquello no le hizo ninguna gracia, por lo que ‘Toy’ acabó acumulando polvo en algún cajón. El drama, en realidad, tampoco fue tanto, ya que hablamos de un disco bisagra; un paso intermedio entre los escarceos industriales de los noventa y el frondoso resurgir de ‘Heathen’. Un disco que, en fin, intenta transplantar al Bowie de finales de los sesenta en pleno cambio de siglo de manera bastante desigual. Desaparece, por ejemplo, el encanto ‘sixties’, puro Swinging London con flequillos interminables y americanas entalladas, de ‘I Dig Everything’ (¡ese órgano’) o ‘Can’t Help Thinking About Me’, y se impone el músculo eléctrico de los guitarristas Mark Plati y Earl Slick. Y aunque al final acaben brillando, incluso deslumbrando, relecturas como las de ‘Shadow Man’ o piezas como ‘Hole In The Ground’ o ‘Toy (Your Turn To Drive)’, cuesta creer que el Bowie nuevamente mutante del siglo XXI hubiese estado demasiado cómodo con tamaño despliegue autorreferencial.

Por David Morán.


Fuente: ABC.es .

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