El sábado día 10, por razones que aún ignoro, a Sánchez se le inflaron las narices y ordenó a Adriana Lastra que registrase en el Congreso de los Miembros del Congreso de los Diputados la proposición de ley para mudar el sistema de elección de los vocales del CGPJ. Estaba de los ropones judiciales hasta las cejas. Le había molestado en extremo que Carlos Lesmes aireara el WhatsApp que le mandó el rey lamentando no haber podido asistir al acto de Barna. Y que el TSJM tumbase la orden del ministerio de Sanidad limitando la movilidad en la capital de España. Y que García Castellón pidiera al Supremo la imputación de su vicepresidente del Gobierno. ¿Es que no hay ninguna persona que le afirme a los jueces lo que deben hacer? No es el primer presidente que se lo pregunta. Antes o bien después, el mal de altura desquicia a los inquilinos de La Moncloa ¿Qué clase de poder es ese que no consigue lo que pretende? En un nuevo subidón de testosterona, Sánchez se lanzó de cabeza a una piscina con muy poca agua.

Y el tortazo ha sido digno de Buster Keaton. Ruidoso el interno y estremecedor el europeo. Los socorristas palaciegos calcularon mal el riesgo de la zambullida. Estaba descontado el clamor iracundo de la Oposición. Eso les importaba un rábano. Incluso les ponía ver a los líderes de las tres derechas clamando al unísono contra el Gobierno que les expulsó del paraíso. Con lo que contaban menos es con el fruncimiento de ceño de sus socios periféricos. Ni al PNV ni a ERC les gustó la música de la reforma impulsada por Sánchez en pleno ataque de orgullo. La respuesta destemplada de los jueces aún fue mucho peor. Solo se mordió los labios la Asociación más afín al PSOE. Las otras tres clamaron al cielo y lograron en tiempo récord que la Asociación Europea se sumara a su protesta. En el CGPJ, la mayoría de los vocales, incluidos varios de la escudería progresista, se conjuraron para plantar cara. Estén atentos a la pantalla porque en ese frente habrá muy pronto novedades destacadas.

Si el cálculo de la reacción interior fue malo, el de la reacción comunitaria fue desastroso. Cuando el portavoz del comisario de Justicia dijo que «los Estados miembros deben seguir las normas de la UE para garantizar que la independencia judicial no se vea comprometida», a Sánchez se le vino el cielo encima. La Comisión acababa de equiparar a España con Polonia y Hungría. Tierra, trágame. Días antes, la española Iratxe García, presidenta del grupo parlamentario socialista en la Eurocámara, había firmado un documento, junto a populares, liberales y verdes, exigiendo que los países que no respetaran en sus legislaciones internas el Estado de Derecho no vieran un solo euro de los fondos de recuperación de la Unión Europea. No es un cuento chino, inventado por PP o bien Ciudadanos, que España puede quedarse a dos velas si Sánchez perpetra su plan de colonizar el órgano de gobierno de los jueces. Hay países, como Holanda y Finlandia, que ya han dicho con toda rotundidad que vetarán el acceso a esos fondos a los países que sigan esa senda.

A perro flaco, todo son pulgas. El prestigio de España está bajo mínimos. Encabezamos la lista de los países que peor gestionan la pandemia del coronavirus, tenemos los peores resultados económicos del continente y rebajamos nuestros estándares democráticos hasta igualarnos con países gobernados por la extrema derecha. Si no formáramos parte del club de la Unión Europea nuestra deriva sería con descaro venezolana. A falta de contrapoderes internos capaces de eludir semejante catástrofe, la única esperanza que nos queda procede de Europa. Sin su ayuda, nos hundiríamos sin remisión. En lo político y en lo económico. ¿Va a ser capaz Pedro Sánchez de percatarse de su fallo corregir a tiempo? Hay quien afirma que sus últimas palabras huelen a retrocedida mas necesito ver para opinar. Pincho de tortilla y caña a que el pulso aún va a durar ciertas semanas. Cuando está en juego el orgullo de un sátrapa contrariado, cualquier pronóstico es dudoso. No rige la razón, rigen los huevos.

Fuente: ABC.es

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