Me afirma un ex- líder morado próximo a Íñigo Errejón, tirando de sarcasmo: «Andan estos días muchos de mis viejos compañeros emulando a Mario Vargas Llosa y preguntándose en voz alta: “¿En qué momento se jodió Podemos?”». En la dura resaca del destructor ciclo electoral, que ha dejado el partido «en las raspas», muchos se acuerdan de la depuración sin piedad del errejonismo por la parte de Pablo Iglesias días tras su victoria en Vistalegre II. Otros lamentan que «el líder» desatendiera los consejos de poner de pie una estructura territorial para un partido que tenía entonces la ambición del sorpasso al Partido Socialista. Iglesias prefirió, en otro ejemplo del ordeno y mando «característica de la casa», subcontratar marcas regionales sin ligazón alguna, arrendar las iniciales moradas al mejor pujador o bien entregarlas de manera directa a plataformas independentistas como la de Ada Colau, en busca –que se probó equivocada– de engordar artificialmente sus filas. Mas la enorme mayoría de los responsables de Podemos coinciden en que el «antes y después» de Pablo Iglesias fue la adquisición del «casoplón» de la sierra de la villa de Madrid al lado de Irene Montero. Con total opacidad, recuerdan, en tanto que fue un medio el que descubrió tan inusual nueva a los «inscritos» en los círculos, quienes, se suponía, eran la argamasa del proyecto y los primeros receptores de lo que se cociese en la capacitación. Con la primera paletada de cemento en las obras del chalé de Galapagar, la «pareja dirigente» Iglesias-Montero sepultó el beato y señal de Podemos: la lucha de la «gente» contra la «casta». Y, de paso, enterraron su crédito político y la ilusión de miles y miles de cuadros y componentes que sí pensaban que sus iniciales suponían un soplo de aire ético, el primero en décadas, contra el bipartidismo, para finalizar de una vez por siempre con la corrupción y la oligarquía de la política. Al fin y a la postre, si bien ese chalé representaba el anhelo de una pareja joven de España de levantar un proyecto familiar en común, endeudarse, aspirar a la propiedad privada, intentar mejorar… Solamente burgués y menos revolucionario. Solamente propio de un votante de manual del Partido Popular o bien de Ciudadanos, o bien asimismo del Partido Socialista. Y de cualquier partido componente en esa «vieja política» que Iglesias había llegado para reventar. Una exorbitante incongruencia en un defensor del «se piensa como se vive». ¿Alguien recuerda de aquella proclama del secretario general de Podemos, que tanta agitación ocasionó, de «tomar el cielo por asalto»? De los polvos de esa «reforma» en el chalé de los 600.000 euros y de la hipoteca inverosímil que a muchos «heló el corazón», han llegado los lodos del 26-M. Primero fue la espantada de Errejón y los suyos, que se olieron esa deriva personalista y déspota (¡cuántas semejanzas con el antecedente de la fugaz Unión Progreso y Democracia de Rosa Díez!), y ahora la sospecha para centenares de miles de votantes de que Iglesias ha transformado su partido en una cómoda forma de ganarse la vida para él y las elites que le rodean, y en una herramienta de manera perfecta inútil para sus bases. Fue Lincoln quien afirmó aquello de que «se puede mentir al mundo entero cierto tiempo… se puede mentir a ciertos todo el tiempo… mas no se puede mentir al mundo entero todo el tiempo». Tal es el drama de Pablo Iglesias y también Irene Montero y de su blindada guarda de corps (Alberto Rodríguez –ahora en el papel estelar de Pablo Echenique–, Rafa Mayoral, Juanma del Olmo, Ione Belarra, Noelia Vera y Gloria Elizo): que para muchos de sus votantes que han escapado de vuelta al Partido Socialista de Pedro Sánchez, Podemos se ha transformado en una secta destinada a asegurar el «modus vivendi» de los que la dirigen. Y en eso trabaja ahora Iglesias, en el lampedusiano «cambiarlo todo a fin de que nada cambie»: autocrítica que jamás llega, nuevas sucursales territoriales que reemplacen a las que se han hundido el 26-M (como la de ese José García Molina que ha pasado de flamante vicepresidente de Castilla-La Mácula a engrosar las listas del paro), una tregua con los anticapitalistas de los ahora triunfantes «Teresa y Kichi»… y ganar el tiempo preciso para conducir su «abdicación» en Irene Montero, la escogida a fin de que la «empresa» prosiga. Esa elite y por lo menos unas decenas y decenas de miembros del Congreso de los Diputados tienen garantizado un salario público los próximos 4 años, a la espera de ver si Sánchez admite que Iglesias y ciertos de sus escogidos pisen además de esto las moquetas ministeriales. Eso sí, los pocos estrategas políticos que quedan en Podemos, esos que aún no han escapado (como lo hicieron, defenestrados o bien un poco antes de ser «fusilados al amanecer», Tania Sánchez, Sergio Pascual, Carlos Jiménez Villarejo, Eduardo Fernández Rubiño, Carolina Bescansa, Luis Alegre, Lorena Ruíz-Huerta, Rita Maestre o bien el propio Íñigo Errejón, por refererir solo los más renombrados de un inacabable listado de bajas), saben que el presente Podemos es «pan para el día de hoy y apetito para mañana». «Lo peor que nos puede pasar es resignarnos a subsistir para vivir de esto sin mudar nada», comenta otro miembro de Podemos que estos días recoge sus posesiones del despacho del Municipio de la villa de Madrid que lo ha albergado estos años. Mientras que cientos y cientos de cargos públicos en toda España le imitan y los trabajadores del partido reciben sus cartas de despido –con las indemnizaciones de la reforma laboral del Partido Popular, que tanto injurió Iglesias –, la capacitación emergente que en 2015 llegó para «cambiarlo todo» es el día de hoy la cuarta fuerza política y padece una mengua de repercusión impensable hace solo unos meses. Las incongruencias, caprichos y fobias de Pablo Iglesias han deshilachado Podemos. Ese que no hace tanto chillaba con arrogancia revolucionaria: «¡Sí se puede!». Como en la metamorfosis de Kafka, aquel rebelde con causa es el día de hoy un burgués de libro. Un político que busca confundirse con el paisaje, a la espera que Pedro Sánchez le lance un acuerdo-salvavidas que le deje sacar la cabeza de las procelosas aguas internas que le ahogan poco a poco más.

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