Las cobras escupidoras lanzan el veneno de sus colmillos a una distancia de 2 metros y medio cara los ojos de cualquiera que se acerque demasiado. Si lo alcanzan, el veneno es tan doloroso que disuade inmediatamente a la víctima e inclusive puede dejarla ciega. Lo que semeja un ataque maligno se trata realmente de una estrategia protectora que, conforme revela este jueves la gaceta «Science», ha evolucionado en 3 lugares diferentes y prácticamente al tiempo, cuando los primeros antepasados humanos empezaron a merodear sobre la Tierra hace millones de años. Un claro ejemplo, aseguran los autores del estudio, de de qué manera la selección natural puede dar exactamente la misma solución múltiples veces a inconvenientes afines.

Hemachatus haemachatus – The Trustees of the Natural History Museum, London and Callum Mair

El trabajo, dirigido por la Universidad de Liverpool (R. Unido), se fundamenta en análisis efectuados por el Instituto de Biomedicina de Valencia (IBV), centro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Usando estrategias complementarias de espectrometría de masas, los estudiosos participaron en la determinación de la composición del veneno de 3 estirpes de cobras que desarrollaron independientemente su habilidad para escupirlo. Se trata de víboras del género Naja que viven en África y Asia.

Los análisis mostraron que los 3 conjuntos diferentes de cobras escupidoras habían aumentado de forma independiente la producción de toxinas PLA2 o bien fosfolipasas, un género de enzima presente en el veneno de las víboras, en arañas y otros insectos, y que tiene efectos tóxicos en mamíferos. Resultan en un veneno por un instante doloroso.

Estudios anteriores sugerían que las diferencias en el veneno de las víboras se deben en buena medida a las alteraciones en la dieta. No obstante, el nuevo análisis apunta a un mecanismo diferente, la necesidad de defenderse, como la causa de estos venenos únicos que provocan dolor. Para la enorme mayoría de las víboras, el veneno se utiliza eminentemente para la depredación, para desactivar o bien despachar una posible comida. En un caso así, el veneno se dirige a tejidos sensoriales concretos y es la única adaptación protectora perjudicial a gran distancia entre prácticamente cuatro.000 especies de víboras.

Naja mossambica en Suráfrica

Wolfgang Wüster
Contra los homínidos
La evolución del veneno más doloroso deja a esta clase de cobras defenderse más con eficacia de los predadores o bien atacantes escupiendo veneno en los ojos, lo que provoca dolor, inflamación e inclusive ceguera. «Esto revela que la composición del veneno de las cobras escupidoras se ha cambiado para favorecer la función defensiva», apunta José Calvete, directivo del Laboratorio de Venómica Evolutiva y Traslacional del IBV, único en España. Que cada estirpe independiente haya desarrollado exactamente la misma solución para defenderse representa un caso ejemplar de ‘evolución convergente’ en el planeta natural, resaltan los estudiosos.

El equipo internacional estudió el árbol genealógico evolutivo de los 3 conjuntos de cobras de la familia Elapidaehan. Relacionaron la capacidad de escupir veneno con 2 esenciales preadaptaciones: la elevación del tercio frontal del cuerpo de las cobras, lo que les da una postura ideal para escupir veneno defensivamente en los ojos con gran precisión y, seguidamente, la existencia de las citotoxinas en el veneno antes que la capacidad de escupir evolucionase.

Mas hay algo todavía más interesante. La datación molecular sugiere que las cobras africanas empezaron a escupir hace más o menos seis con siete millones de años, poco tras la divergencia del estirpe que por una parte condujo a los humanos y por otro a bonobos y chimpancés. En las asiáticas este comportamiento evolucionó después, hace unos dos con cinco millones de años, más o menos al tiempo que la llegada a Asia de nuestro predececesor Homo erectus . En la tercera especie, no se puede fechar alén de haber ocurrido hace menos de 17 millones de años.

«Muchos primates atacan a las víboras con palos y piedras. La llegada de los homínidos bípedos, con las dos manos libres para hacer travesuras, puede haber sido el género de presión de selección que favoreció la defensa a gran distancia, con esputos y un veneno protector en especial adaptado», explica Wolfgang Wüster, de la Capacitad de Ciencias Naturales de la Universidad de Bangor y coinvestigador del proyecto. A su juicio, esta idea «enfatiza de qué manera nuestros orígenes estaban muy entrelazados con los ecosistemas más extensos de África y Asia en ese momento».

Los autores aguardan que el estudio sirva para desarrollar mejores antídotos contra esta clase de venenos, cuyas potenciales víctimas son campesinos y pequeños en ambientes rurales de África y Asia. Conforme la OMS, todos los años se generan entre uno con ocho y dos con siete millones de casos de envenenamiento provocado por víboras, eminentemente en África, Asia y América Latina. Esto supone cerca de 100.000 muertes y el triple de amputaciones y otras discapacidades permanentes, que condenan a las víctimas a la marginación y la pobreza.

Fuente: ABC.es

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