Al principio, todo el mar era mar. De esta forma fue a lo largo de mil millones de años hasta el momento en que unas pequeñas estructuras empezaron ordenarse formando minúsculas “cápsulas”, apartando el planeta exterior de su interior. Eran fosfolípidos, moléculas cuyos extremos tienen gustos opuestos. Al tiempo que un lado se siente atraído por el agua, el otro la rechaza, es hidrófobo, igual que una gota de aceite.Con el tiempo esas moléculas se fueron reuniendo y ordenando, como las teselas de un mosaico. Unas a la vera de otras, enfilando sus partes hidrofílicas cara el basto mar y pegando sus partes hidrófobas entre sí, haciendo como una doble membrana que las resguardaría del agua. Pronto, la capa se encorvó, cerrándose en una esfera de fosfolípidos, un tabique entre la inmensidad del océano y lo que acabaría siendo la primera célula.Fueron precisos considerablemente más pasos a fin de que aquella “micela” pudiese llamarse célula. Precisaba orgánulos capaces de hacer funciones básicas, mas había dado un avance definitivo, la célula estaba acotada, existía y podía regularse al lado de lo que ocurriese en el exterior. Así, las células se desarrollaron, evolucionaron y medraron, si bien no sin límites, pues si imaginamos una célula como una esfera, vamos a ver que no todo vale.

El tamaño sí importa

Para células pequeñas, la superficie de la esfera basta para intercambiar con el exterior todo cuanto precisa para subsistir. No obstante, conforme aumenta su tamaño, su interior medra considerablemente más veloz que su superficie y la membrana se vuelve demasiado pequeña para “alimentar” a un monstruo semejante. Son cosas de la geometría, el volumen de una esfera medra más veloz pues su fórmula multiplica 4/3 por “pi” y por su radio al cubo, Mientras, su superficie responde a 4 por “pi” por el radio al cuadrado. Como la fórmula del volumen multiplica el radio por sí solo 3 veces, en frente de las 2 que lo hace la superficie, cualquier cambio en el radio de la esfera se aprecia mucho más en su volumen que en la superficie; el interior medra más veloz que el exterior.Ese es el motivo por el cual, a lo largo de mucho tiempo, se creyó que era imposible hallar una célula gigante. No obstante, estábamos equivocados. Hay un conjunto de seres vivos, los xenofióforos, que están formados por una sola célula de más de 10 centímetros de diámetro. Son verdaderamente enormes para ser una célula, mas podemos apreciarlos mejor si los equiparamos con las células más grandes de nuestro cuerpo, los óvulos, que miden 0,14 milímetros, 1.500 veces menos que un xenofióforo. Una diferencia que se hace aun mayor si lo ponemos a la vera de otra células con un tamaño más estándar, como los glóbulos colorados, de apenas 0.006 milímetros de diámetro. Los xenofióforos son verdaderos gigantes del planeta celular, retan lo que creíamos saber sobre el tamaño de las células. Mas entonces ¿de qué forma logran subsistir a su exorbitante tamaño?

Como croquetas del mar

¿Cuál es el truco de los xenofióforos? ¿De qué manera pueden no fallecer de inanición con su absurda superficie esférica? ¡Ah! Esa es precisamente la clave. Hemos pensado en células redondas o bien como mucho redondeadas, mas ¿qué ocurre si dejamos volar la imaginación? No todos y cada uno de los objetos geométricos guardan exactamente la misma relación entre su superficie y su volumen, cuando más alargados son, más se iguala la proporción entre las dos medidas. Algo de esta manera ocurrió con los xenofióforos, conforme medraban, formaron una estructura tabicada, llena de ramificaciones que se dividían y reunificaban como una enorme red en 3 dimensiones, llegando a tomar formas de fantasía.Y esto no es todo, pues igual que un país demasiado grande no puede regirse desde un solo punto, los xenofióforos multiplicaron su núcleo. Una estructura que podríamos cotejar con el “director” de la célula y donde se oculta la información genética, el ADN. Esto eran 2 soluciones formidablemente ocurrentes a inconvenientes complejos. No obstante, la debilidad de la membrana fosfolipídica fue un incidente que los xenofióforos “resolvieron” de una manera mucho menos… muy elegante.Como solución, su superficie genera una substancia mucosa a la que se adhieren las piedrecillas, la arena y demás detritos del lecho marino. De esta forma forman una costra llamada “testa” que, como el empanado de una croqueta, la resguardan de romperse en mil pedazos. En verdad, exactamente el mismo nombre “Xenophyophora” significa en heleno “portador de cuerpos ajenos”.

Tritón en las Islas Faroë

Los xenofióforos fueron desarrollando todas y cada una estas adaptaciones durante millones de años, poquito a poco, permitiéndoles medrar sin apenas límites. Vivían en calma en el fondo del océano, hasta el momento en que John Murray atracó su navío Tritón en las Islas Faroë, allí por el 1882. El bravo mar de la costa escocesa era un sitio tan bueno como cualquier otro para el oceanógrafo. Lo que no aguardaba era hallar gigantes bajo sus olas. Aquello superaba los conocimientos taxonómicos de Murray, conque decidió tomar unas muestras del xenofióforo y enviárselas a su colega, el naturalista Henry Baker.El material era tan frágil que, cuando llegó a Baker, se había despedazado por completo. Eran como débiles cilindros de arena, y en verdad eso es lo que significa el nombre que le dieron a la especie “Syringammina fragilissima” y Baker lo narra así:Del hecho que los especímenes apareciesen aproximadamente rotos, inferimos que, en vida, sus testas estaban unidas entre sí; sin embargo, los fragmentos eran rebosantes y consistían en gruesos cilindros, muchos de ellos con una longitud mayor de una pulgada (dos con cinco centímetros), estando subdividido su interior por un irregular laberinto de tabiques.Henry BakerEl primer xenophyophoro había sido descubierto, y si bien nos ha costado muchos intentos clasificarlo, semeja que pertenecen al reino de los proctistas, como las amebas o bien las algas. Uno de los paradigmas de la biología celular había alterado por siempre. Aquellas células eran mayores a lo que se creía posible, en verdad, si bien acostumbran a medir 10 centímetros, esta especie concretamente puede lograr los 20.

Bio-turbación

Desde entonces no hemos dejado de descubrir xenofióforos. A inicios de 2020 ya contamos con más de cuarenta especies diferentes, repartidas por todos y cada uno de los océanos del planeta, poblando desde los 500 hasta los 10.000 metros de profundidad. En verdad, hay tantos que ciertas de sus colonias están superpobladas, llegando a contar con más de veinte individuos por metro cuadrado. Mas, siendo tantos ¿de qué forma impacta eso en su ambiente? Ahora sabemos que los xenofióforos pueden trastocar la forma en que se depositan los sedimentos que forman el fondo marino, modelando su planeta de arena.Es más, recientes estudios semejan apuntar a que la bioturbación que generan revolviendo el fondo marino podría ser ventajosa para otras especies. Algo que se sospecha por haber encontrado concentraciones de xenofióforos rodeadas de más de tres veces la cantidad de crustaceos, equinodermos y moluscos que podríamos ver en otras zonas. Aun su testa es útil para el ecosistema, puesto que parece que, en los periodos de desarrollo, se desprenden de ciertos de sus fragmentos, los que, otros organismos pueden colonizar.En cuanto a sus hábitos, en cambio, proseguimos desconociéndolo prácticamente todo. Se nutren eminentemente de detritos que rodean con unas protuberancias llamadas “pseudópodos”. Amontonando en su cuerpo altas concentraciones de sulfato de bario, plomo, aluminio e inclusive uranio sin que ello parezca afectarles demasiado. Una de las pocas pistas que tenemos sobre su dieta son las grandes cantidades de lípidos de aparente origen bacteriano que guardan dentro de sí. Esto hace meditar que las bacterias son su plato primordial, si bien la sorpresa puede estar en como las cazan. Los xenofióforos podrían hallar estas bacterias entre los sedimentos, o bien lo que es aún más interesante: criarlas en su testa, alimentándolas con los desperdicios que su moco fuera adhiriendo.A veces, cuando se nos habla de los misterios del gran azul nos muestran ballenas y peces tropicales, animales majestuosos que destacan, mas quedan en la sombra ciertas historias emocionantes de seres que, si no conoces, su aspecto les puede hacer pasar inadvertidos. Rebozados en arena y restos de comestible, los xenofióforos han mantenido en secreto su naturaleza unicelular a lo largo de siglos. No obstante, ya conocemos una parte de lo que hay tras su testa, comprendemos los desafíos a los que se han debido enfrentar para subsistir como una sola célula gigante, en la mitad de un planeta hecho a otra escala.Solo eso ya produce sorpresa, mas no deja de ser una parte minúscula de lo que podemos llegar a descubrir en un futuro. Son formas de vida completamente extrañas que han encontrado soluciones diferentes a exactamente los mismos inconvenientes a los que todos nos encaramos. La supervivencia las ha empujado a ser, probablemente, una de las maneras de vidas más alienígenas que tenemos en nuestro planeta.

QUE NO TE LA CUELEN:

A pesar de lo que se acostumbra a meditar los huevos no son una sola célula, están formados por estructuras complejas en las que se formará el feto. La confusión viene del término inglés “egg” que significa tanto “huevo” como “óvulo”. Así, los xenofióforos son las células más grandes de las que tenemos perseverancia.

REFERENCIAS:

Henry Bowman Brady “Note on syringammina, a new type of arenaceous rhizopoda” Proceedings of the Royal Society of London. 35 (224-226) (1883) https://academic.oup.com/zoolinnean/article/183/4/723/4757204

Fuente: larazon.es

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *