El ambiente de la banda ETA, engallado con los últimos resultados electorales y en la estrategia de agredir al PNV, su gran contrincante en el secesionismo vasco, ha reactivado la campaña contra la Ertzaintza, que siempre y en toda circunstancia han presentado como policía del partido nacionalista. El razonamiento es exactamente el mismo que emplean contra la Policía y la Guarda Civil: los éxitos antiterroristas los han conseguido a base de torturas, hecho tajantemente falso como acreditan las investigaciones que se han efectuado tras demandas presentadas. “Los métodos que nos aplicaron (los ertzaintzas) fueron refinados, de tal forma que no dejaron marcas como otros cuerpos que han tomado la bestialidad por bandera. Esto no desea decir que no hayan dejado en nosotros un indeleble indicio, un trauma permanente, una herida abierta”, afirman en un escrito ciertos supuestos “torturados”. “Los agentes –añaden– que han aprendido esos métodos de siniestros servicios secretos no son sociópatas con electrodos en una mano y tenazas al rojo en la otra. Mas esto no desea decir que no hayan desarrollado técnicas asoladoras de interrogatorio, siempre y en toda circunstancia eficientes para arrancar una inculpación, a cualquiera, contra quien sea”. Lo de los servicios secretos extranjeros es un razonamiento recurrente entre los miembros de la banda y los que les apoyan Lo que hay tras todo este tema, en las demandas contra las Fuerzas de Seguridad, es la justificación que deben buscar los terroristas para haber prestado declaración y, con esto, facilitado las investigaciones policiales: “las declaraciones que nos forzaron a firmar, indefensos, sin letrado, bajo amenaza de regresar a las sesiones nada debían ver con la realidad. Podía ser materialmente imposible la autoría de los hechos, por no coincidir lugares y horas, en ciertos casos de forma escandalosa. Subscribíamos las declaraciones por mil veces que hubieras negado su veracidad. Pues por fuerza cuelgan. Y por fuerza nos mandaron a cárcel a nosotras o bien a decenas y decenas de compañeras todavía presas con condenas interminables”. Para procurar dar “fuerza” a su campaña, describen escenarios de terror: “Nuestros chillidos se oían en toda la comisaría. Mas los sistemas de prevención, las grabaciones que afirmaban instaladas, no funcionaron. Ningún compañero del torturador levantó su voz, detuvo lo que sabían estaba sucediendo”. “Presentamos demanda frente a los tribunales. Recibimos exactamente el mismo trato que todos los otros, igual que los 8 que han acabado frente al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Al fin y a la postre, el papel que cumple la justicia De España es dotar de impunidad a todos y cada uno de los cuerpos que hayan aunado sacrificios en la lucha antiterrorista”. Esta acusación, conforme fuentes eficientes, podría formar un delito y, por ende, sería perseguible de oficio. “Las versiones oficiales que se dieron ante nuestros testimonios no fueron las teorías conspiranoicas de un Goebbels del Ministerio del Interior. Sencillamente se ignoraron, escondidas tras la supuesta superioridad ética de quien las aplicaba y de su control de medios públicos de comunicación. No hay tortura, palabra de vasco. Quienes nos torturaron eran ertzaintzas. Iguales que los que vemos en los arcenes de las carreteras o bien en cualquier acontecimiento público. Cuando ya creíamos que no había nada que hacer nos dieron la ocasión de pasar por un proceso de comprobación de que nuestro testimonio era cierto. Una suerte de máquina de la verdad, un detector de traumas, el polígrafo de Berri Txarrak”. Arremeten contra la dirección de la Ertzaintza: “como los monos que no ven, no oyen, no afirman, no saben nada de 311 personas que pasaron por sus manos. Demasiado a fin de que no se vea, que no se sepa, que no se oiga (…). Los torturados por la Ertzaintza contamos. Somos 311. Quizá más, desde este momento, jamás menos. Y lo contaremos”.

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