Así fue la agonía del Juncal, el galeón que naufragó en 1631 y que retorna hoy al Archivo de Indias


Aquellas 311 vidas se perdieron entre olas que parecían montañas. Un viento huracanado lanzaba el galeón contra la pared de agua, bramaba en las jarcias, empapaba las velas y los cabos, estrellaba a los marinos contra la tablazón, mientras, con cada sacudida, el pánico secaba las gargantas de los tripulantes, lo único que permanecía seco de proa a popa, desde el bauprés hasta el timón.

La nave almiranta de la flota de 1631, Nuestra Señora del Juncal, escalaba en diagonal cada ola, capeando el temporal, con el aparejo reducido, envuelto en un ruido de mil demonios que enmudecía las órdenes y las convertía en muecas. Al llegar a cada cresta cabeceaba, se deslizaba en picado hacia la noche y

 se clavaba en el mar. Entonces, la nave entera desaparecía en el abismo de la espuma y se oía un grito ahogado, premonitorio, unánime, en las cubiertas inferiores, donde se hacinaban 350 personas, mientras el barco lograba a duras penas volver a flotar, como si Dios mismo tirase con su mano de los mástiles hacia arriba, como si fuera pronto todavía, y el agua entonces se derramaba desde las cubiertas por los imbornales, por las bandas, por los rostros, hasta que llegaba la ola siguiente y todo volvía a comenzar.

Diecisiete días desde que salieron del puerto, trece de ellos luchando contra la tormenta incansablemente, echando un pulso al destino, antes de que el Juncal se fuera a pique en la noche de Todos los Santos. Eran los mejores marinos del mundo, españoles del siglo XVII, y realizaron todo tipo de maniobras navales, también espirituales, antes de rendirse y sucumbir, resistiendo hasta que el barco, prácticamente, se deshizo en el agua.

Augurio

Al salir de Veracruz, el 14 de octubre de 1631 sabían a lo que se arriesgaban, pero no podían hacer otra cosa, a pesar de los negros augurios que antecedieron al viaje. En las dos semanas que duró el naufragio tuvieron tiempo para recordar por qué. Temían tanto a los violentos nortes que soplan en otoño en el golfo de México como a las 80 velas holandesas que habían sido vistas cerca de La Habana y que les esperaban. Los mares ya no eran tan seguros como en el siglo XVI.

Un holandés, Piet Heyn, había capturado la anterior flota en la bahía de Matanzas, en 1628, una deshonra para Felipe IV por la que el responsable de la rendición, Juan de Benavides, sería ejecutado públicamente en Sevilla.

La presión sobre los oficiales se hizo tan intensa que el general de la flota del Juncal, Miguel de Echazarreta, achacoso desde el viaje de ida, murió la víspera de la partida de Veracruz. El reino estaba ahogado en deudas, en mitad de la guerra de los Treinta Años. La capital mexicana, anegada literalmente por grandes inundaciones. No podían fallar. Había que asegurar la continuidad del comercio y la hacienda. Esa responsabilidad multiplicó los controles burocráticos y obligó a esperar una escuadra de protección. Vísteme despacio, que tengo prisa.

Cuando por fin llegó el permiso para levar anclas era ya tiempo de nortes, y aun así debían intentarlo. De hecho, el arzobispo de México, Francisco Manso, que debía regresar a España en el Juncal, tras un áspero enfrentamiento con el virrey, se negó a embarcar y dijo que «era irse a ahogar».

Heridas en el casco

Al cuarto día de navegación les entró el primer norte. Y supieron que el Juncal hacía agua. El general Echazarreta había señalado el hecho a los calafates durante una inspección en San Juan de Ulúa, pero le convencieron de que se debía a la rotura de unas botijas durante la estiba. De inmediato, se establecieron turnos de achique, agotadores, insuficientes, en los que acabó participando todo el pasaje. El calafate y el buzo no pararon de taponar las heridas que se abrían en el casco en total oscuridad y con enorme riesgo por el movimiento continuo. A pesar de ello, el agua fue escalando desde el fondo de la nave hasta el nivel de flotación, por el interior, aumentando la tensión en las maderas, convirtiendo el galeón en una balsa difícil de gobernar.

Aun así, las maniobras continuaron. En el octavo día arreció una nueva tormenta y llegó la luna nueva a apagar aún más las noches. Las sacudidas de tantas olas terminaron por quebrar el tajamar y la roda, las piezas que sujetan la proa, motivo por el que el agua empezó a entrar en gran cantidad. La misma tensión abrió vías en la banda de popa. El peso del agua del interior hizo que todas las tablas se moviesen. Trataban de poner rumbo a tierra, a Campeche para resguardarse. Pero si querían seguir flotando había que desprenderse de mucho peso. Vieron naufragar delante de sus ojos a la Santa Teresa, desde la que se sintieron unos disparos, fogonazos casi inaudibles, como despedida. Nada más se sabe porque nadie sobrevivió.

Hubo junta en el Juncal. Decidieron cortar el palo mayor, el elemento más pesado de todo el barco. Talar un árbol de 30 metros con el mar entrando por arriba y por abajo, sacudidos por olas de muchos metros, es algo muy peligroso, pero lo lograron. Seguían achicando 24 horas por turnos, con bombas y botijas repartidos por las cubiertas. Nada bastaba. Ordenaron arrojar parte de la carga: piezas de artillería y cajones de un lujoso pigmento, la grana cochinilla, que tiñeron el mar de color sangre.

Tres días después flotaban a duras penas. Las tablas hacían juego con cada sacudida y escupían los pernos, el Juncal se descoyuntaba lentamente ante sus ojos y ni sus esfuerzos ni el terror que sentían lo impedía. Tras un golpe de mar, el barco quedó atravesado. Era el anuncio del fin.

¡Ya no tenemos remedio!

El capitán ordenó al contramaestre que preparase la lancha, en la que solo cabrían los más importantes personajes a bordo: el marqués de Salinas, el general de Filipinas, su almirante, el hijo de Echazarreta, un veedor y la oficialidad. Los nobles habían dado talegos de monedas y cadenas y tejos de oro al contramaestre y sus hombres para asegurarse un puesto llegado el momento. Pero sin palo mayor no se podía arriar la chalupa, así que todos ayudaron, a pulso, incluidos algunos caballeros. Lograron elevarla un poco, hacia el alcázar, pero no fueron capaces de echarla al agua.

La gente de mar comprendió. Las olas entraban de costado. El pilotín gritó: ¡Ya no tenemos remedio! Era el momento de las maniobras espirituales. Los nobles se retiraron a sus aposentos para ponerse a bien con Dios. La tripulación confesó sus pecados a los frailes, a veces a gritos; se abrazaba, se perdonaba, hacían cruces con palitos y rezaban, empapados, tal vez ya serenos, rendidos por fin.

Pasada una hora del anochecer, el Juncal se estremeció dos veces y se tumbó hacia estribor. Con la segunda sacudida la proa se abrió, las portezuelas de los cañones se sumergieron y el agua entró de golpe. El galeón se hundió deprisa, levantando la popa primero y desapareciendo luego en menos de lo que se tarda en rezar tres credos. En el último instante, entre los gritos, las maderas crujiendo y el mar anegando la imagen de la Virgen, tal vez de milagro se liberó la lancha.

Se libera la lancha

Los más próximos a ella, el contramaestre y sus hombres, lograron saltar a su interior. Un golpe de mar y otro de suerte alejaron la chalupa del remolino causado por el hundimiento. Aún pudieron recoger a los que cerca de allí chapoteaban por sus vidas. Enmudecidos y agotados, vieron desaparecer el Juncal, sintieron el silencio en el bramido de la mar que borraba tantas vidas en un instante.

Un total de 39 pasajeros subieron al bote bajo la tormenta, con el lastre de talegos y tesoros. El metal les hundía. La barca hacía agua. Había que achicar peso. Votaron: tirar parte de los tesoros o al fraile, que nada pintaba allí… La votación la ganó el fraile tres veces, pero cuando iban a tirarle por la borda les imploraba con la fuerza de un discurso que no ha llegado a nosotros, pero debió de ser tan persuasivo que le salvó. Aceptaron deshacerse de varios talegos y achicar con bonetes y gorras. Se impuso la razón, o la piedad, o las ganas de no añadir pecados a sus almas, que distaban de estar a salvo.

Al amanecer del 1 de noviembre los avistó un patache. Según subía a ese barco el último de ellos, la lancha reventó y se hundió. Estaba de Dios. Gracias a los 39 supervivientes, que debieron enfrentarse a acusaciones de motín por los tesoros que portaban, conocemos todo lo que pasó. Cada detalle. El interrogatorio fue minucioso en extremo. Había que explicar por qué se salvaron ellos y no los nobles y caballeros. En sus respuestas está cada minuto de aquel naufragio de película. Y gracias a lo que sabemos podemos documentar aquel mundo, aquel fin de época en el que la hegemonía naval tenía nuevos competidores.

Hace 390 años de todo esto. Las palabras emergen otra vez de los documentos, curadas por la investigación del INAH Mexicano, un equipo coordinado por
Pilar Luna y Flor Trejo, durante dos décadas. El Archivo de Indias (AGI) acoge desde hoy una exposición magnífica con esta historia en el centro. En la espera de que los arqueólogos puedan un día encontrar los restos del galeón, piensen que este es solo un caso entre los miles cuya memoria conserva el AGI. Y que todo lo que somos y seremos estaba ya ahí, a bordo del Juncal, como dice el historiador Manuel Lucena. Importa mucho que nos demos cuenta y conozcamos mejor estas historias, en vez de odiar las partes complejas de nuestro pasado.


Fuente: ABC.es .

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