El mito abre paso a la realidad

En 1939, un arquitecto técnico italiano llamado Monti De ella Corte alcanzó, tras 50 horas de camino, las enigmáticas iglesias de Lalibela, en la Etiopía profunda y ignota para los exploradores europeos. Corrían años turbulentos a las espaldas de su mula. La Italia fascista de Mussolini había conquistado por la fuerza el reino de Etiopía, el único territorio africano que se había librado hasta ese momento de las ansias del colonialismo, y como acostumbra a suceder en el momento en que un territorio es conquistado, la complicada cultura etiope corría riesgo de derrumbarse. Y salieron en su rescate los arqueólogos, resistiéndose a este abandono. Pero han pasado ochenta años desde aquella primera cabalgada y las once iglesias de Lalibela ya no son un misterio. Dejaron de ser esa historia legendaria que relataban los etiopes más ancianos a los mercaderes extranjeros, cuando se detenían para repostar alimentos en Adís Abeba. Como tantos lugares reservados de la tierra, igual que ha ocurrido en los templos camboyanos de Angkor Wat, o bien las ruinas históricas de Karakórum en Mongolia, las urbes que un día fueron motivo de fabulosas historias infestadas de magia han sido escupidas a la realidad, desposeídas de todo misticismo durante los siglos XX y XXI. No cabe la magia, ni la fantasía, en este nuevo planeta de la realidad, y estudiosos de todo el planeta procuran sin reposo una explicación razonable a la construcción de estas iglesias y otras muchas cosas.

Mano de obra celestial

¿Quién dio forma en la roca desnuda a las once iglesias de Lalibela? A falta de una tradición escrita que desvelara el misterio, los etiopes afirmaron que los ángeles. El mito lo explicaba, que bajaron a la tierra para edificarlas todas y cada una en una noche. Parece ser la única explicación posible a estas magníficas obras de arquitectura, humildes de testera, prácticamente vacías en su interior, mas esmeradamente talladas hace más de 9 siglos en lo que parecía una roca inabordable. ¿De qué manera si no? Nadie pensó jamás que el humano sería capaz de semejantes hazañas, igual que aún los hay que creen que las pirámides de Guiza son obra de los extraterrestres.La historia legendaria pervive hasta el momento en que entra en ellas el estudioso europeo, educado desde la inalterable razón aristotélica, y también inspecciona esmeradamente, lupa en mano, las iglesias centenarias. Acuden a ellas equipos enteros de arqueólogos y especialistas, cada uno de ellos con sus razones impresas en sus gacetas de cultura. Fueron los templarios quienes las edificaron. Fue este o bien aquel rey. ¡De qué manera iban a ser ángeles!, exclaman los más enterados. De ser de esta manera, no estarían derrumbándose, durarían eternamente. De ser verdad, 2 de los templos no estarían cubiertos por ridículas placas de acero que puso la UNESCO para frenar su erosión. ¡Ángeles!, exclaman de nuevo, con las cejas levantadas por la incredulidad. No, nada de ángeles. Esto es obra de un rey que se llamaba Gebra Maskal Lalibela, un poderoso monarca etiope del siglo XII.Tantos dólares estadounidenses lanzados al aire para procurar contestar a una pregunta que no debería importarnos tanto. ¿Qué más va a dar si fueron ángeles, reyes, o bien simples hombres piadosos quienes esculpieron las rocas? Si no dejaron la patentiza impresa en ningún lugar ya no tiene demasiado sentido a quien opinar, el caso queda sobre sellado hasta el momento en que alguien halle el texto que nos lo aclare. De momento importa que estén allá, aún de pie tras tantos años, y tener 2 manos con que palparlas a lo largo de la visita. Aspirar su aroma húmedo, tener la ocasión de caminar – o bien orar – dentro de ellas, eso es lo que importa. ¿Y si decidimos meditar que fueron ángeles, reyes y frailes por igual quienes se ocuparon de edificarlas? Cada uno de ellos a su forma, ya fuera dando su fe a las manos que las tallaban o bien siendo las propias manos.

Templo de Biet Ghiorgis

De las once iglesias en Lalibela hay una específicamente que resalta sobre el resto. Es la Biet Ghiorgis (San Jorge), un increíble monolito tallado roca abajo y con el techo en forma de cruz. Para llegar hasta ella hace falta descalzarse, ya antes de bajar las escaleras que conducen a su entrada. Bajando por las escaleras, la humedad y el frescor en las capas bajas de la tierra se empapan en la piel y complican respirar, y esta extraña sensación de pesadez puede dar la razón a esa teoría desechada de los ángeles constructores. Descalzo se desciende peldaño a peldaño siguiendo una angosta fila de fieles locales, la mayor parte hombres apoyados sobre robustos bastones de oración, asimismo descalzos y más habituados a la brusca humedad. Lo que para nosotros es una experiencia digna de mil likes en Instagram, o bien una tarjeta de memoria entera de nuestra cámara, lo que para nosotros es el sueño imposible que apuntamos de jóvenes en nuestra lista y el día de hoy al fin hemos logrado cumplir, es para ellos tan natural como visitar los bares de Malasaña para un madrileño. Y qué curioso sería localizar en esa escalera a algún etiope deseoso por venir a España, saltar una valla o bien salvar una playa y caminar los bares de Malasaña.

La pulgas pueden ser otro género de estética

En las costumbres entra el lado estético de la vida. Sin la estética la costumbre se pierde por el hecho de que es el escenario que rodea a las costumbres, las herramientas que lo ponen más a mano. Tan comunes son para nosotros las luces de los bares como para ellos las alfombras raídas dentro del templo. Alfombras pesadas por la humedad, cuyos colores comienzan a descolorarse con el paso del tiempo y tan viejas que absolutamente nadie recuerda quién las puso allá. Y las pulgas, eso asimismo puede ser normal. Es que miles, millones de pulgas bullen por los templos de Lalibela, acomodándose y anidando dichosamente en estos templos de piedra empapada y alfombras olvidadas. De ahí que nos arremangamos los pantalones en los calcetines y no llevan calcetines. No es mejor, ni peor. No es cuestión de higiene o bien de cultura. Es costumbre, simple y llana, el lado precioso de las diferencias que marcan nuestras vidas. Quizá asimismo se arremangarían los pantalones en Malasaña para eludir que les salpiquen los cubatas. De ahí que el extranjero negará fervorosamente que el Arca de la Coalición esté guardada en uno de estos templos y el local lo aseverará vigorosamente. ¿Realmente está acá el Arca, tal como afirman ciertos? Va a estar, si uno desea pensarlo. ¿Fueron los ángeles quienes tallaron la roca? Lo van a ser, si uno está presto a creerlo.Existen pequeños rincones del planeta, cargados de misterio, en los que el viajante aún va a ser libre de opinar esto o bien aquello, siempre y en todo momento descalzo sintiendo el frío de la piedra anegarlo. La duda da pie al mito. La certidumbre lo arrolla todo con su inapelable realidad. Días como el día de hoy, en los que la certidumbre ha conquistado todo cuanto pudo devorar, localizar lugares como Lalibela nos dejan regresar a dudar, a dar brida suelta a nuestra pasmosa capacidad de imaginar. Logramos gozar de la humedad, las pulgas, la piedra agrietada, y por último entendemos que no importa si las manos que dieron forma a estos once templos fueron humanas o bien divinos. A las unas y a las otras se lo agradecemos por igual.

Fuente: larazon.es

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