Ahora imagínate que estás en el paraíso y entrar cuesta barato



Preludio a la imaginación

Ninguna playa paradisiaca supo tan dulce como los días de cuarentena que han pasado y los que están por venir. Este año se ha anulado la operación biquini y brota una nueva moda, la operación pareo, si bien en ningún instante se ha negado que cuando esta difícil situación llegue a su fin, todo el que buenamente pueda se va a poner las sandalias y va a correr cara la playa. Es esencial, tras semanas de tenso confinamiento, sentir brisa fresca anegar nuestros pulmones limpios del coronavirus, palpar con los pies descalzos algo diferente al entarimado del apartamento. ¿Arena, agua salobre? Sí, por qué razón no.Pero si deseamos hacerlo bien, anudar todos y cada uno de los cabos sueltos y lograr ese pedazo de vida que ahora no parecemos capaces de gozar, y seguramente tampoco en Semana Santa, entonces vamos a soñar hasta el límite y también imaginar, sencillamente, que estamos en la playa más agradable y reservada que se nos ocurra. En mi caso, ninguna es mejor que Surya Beach. No es más que una fina línea de arena blanca protegida por los corales, en la parte sur de la isla de Palawan, Filipinas, es humilde y no asisten a ella demasiados turistas. Cierro los ojos y murmuran sus palmeras a 12.000 quilómetros de mi reclusión. Primero saboreo poco a poco la idea de llegar hasta ella.

Regateo en el aeropuerto

Alcanzar Palawan requiere tomar 2 o bien 3 aeroplanos, primero hasta la capital filipina de la ciudad de Manila y después para llegar a la isla prometida. Bajo del aeroplano sintiendo la humedad mojar mi piel, prácticamente inmediata. A mi alrededor, decenas, cientos y cientos de turistas se abalanzan sobre los taxis y buses que los van a llevar en rebaños al norte de la isla, lo más cerca posible de la conocida playa El Nido. Girando en la dirección contraria busco a la persona conveniente, sencillamente identificable por su interés en asistir reflejado en los ojos, para consultar dónde podría arrendar un turismo fiable y asequible. Un minuto, 2 minutos divisando semblantes. No tardo en hallar, mezclado con los curiosos congregados en la puerta de la terminal, a un hombre joven, flaco y moreno con el pelo negro cortado a cepillo, que se ofrece velozmente voluntario para llamar por teléfono al amigo de un amigo que tiene un negocio de alquiler de vehículos.Traen el turismo a la terminal, mi viejo amigo se despide alegremente y quedo solo con el dueño del vehículo. Siguen breves minutos de ameno regateo, siempre y en todo momento sin perder los nervios y sin faltar a la educación que tanto escasea en esta clase de situaciones. ¿2 mil pesos al día? Quizá no, demasiado costoso. ¿Mil quinientos, podría ser? El turismo es un pequeño Toyota de ruedas finas, mirándome con ademán de súplica en sus faros apagados. ¿Ochocientos pesos? Hago el cambio velozmente y me sale a 14 euros al día. Algo en mi interior ruge inflexible que prosiga regateando, mas mi destino está a 6 horas de conducción y si me demoro demasiado, podría caer la noche y complicarme las cosas.

Llegar a Surya Beach

Ochocientos pesos diarios es un costo razonable en cualquier una parte del planeta. Estrecho la mano del filipino, sonrío, sonríe, pago la mitad de antemano y firmo el contrato sobre el capó del Toyota. La fortuna está echada, prácticamente siento ganas de consultar por el Rubicón. Arranco el turismo y salgo del aeropuerto con destino a mi paraíso. Es mi paraíso uno asequible y reservado. En Surya Beach apenas hay 2 limpias casas pintadas de blanco con techo de madera, y cada una de ellas se divide en 2 cómodas habitaciones. El costo de las individuales no llega a los 30 euros por noche en temporada baja y como es temporada baja, prácticamente siento ganas de reservarlo entero con 4 o bien 8 amigos, solo para nosotros. Mas en mis ensoñaciones estoy solo y soy quien conduce por las angostas carreteras de la isla filipina, solo busco mi rincón particular para escapar unos minutos de las 4 paredes de casa. Conduzco, escuchando la discografía completa de Queen, adelantando motos y embriagándome del bosque tropical que enmarca los laterales del asfalto. Cuando atravieso un pequeño pueblo, piso unos milímetros el freno y aspiro de forma fuerte. Por la rehendija de mi ventana se cuelan olores a barro agrio y yerba tierna.La carretera no siempre y en todo momento es cómoda, a veces cruzo tramos sin concluir de pavimentar o bien fatalmente preservados, paso temor por que en una curva salga un camión y no me de tiempo a sortearlo. Esta sensación de riesgo acelera mi corazón reo en el hogar, en mi sueño aprieto el acelerador y tuerzo las curvas despejando los sustos. Los árboles inclinan las ramas cara la carretera, concediéndoles la esperanza de que van a llegar a sentir el contacto del asfalto, las ramas persistentes me resguardan del sol colorado que semeja una línea de color más en el horizonte. Va a anochecer en breves. Google Maps afirma que apenas faltan treinta minutos para llegar a mi destino y subo el volumen de Freddie Mercury. A falta de 15 minutos, debo coger la salida sin número que lleva a un camino de tierra. Dudo, freno, tomo la salida. Traquetea mi pequeño Toyota sintiéndose turismo de rally por unos quilómetros, consolida los neumáticos sobre la arena empapada por las recientes lluvias del monzón. Curva a curva, inicio a sospechar que me he perdido. Reviso el mapa, busco con aires de especialista la estrella polar que me guíe en mi camino.¡Estás acercándote a Surya Beach! El cartel blanco escrito en inglés, lindamente puesto al pie del camino, se levanta en frente de los campos de arroz dándome ánimos. ¡Ya queda poco para llegar al paraíso! Un segundo cartel ubicado a pocos metros cumple el efecto con que fue puesto y mi corazón late más veloz, deseoso por hallar ese dichoso paraíso. ¡Unos metros más! Los conduzco. ¡Ya prácticamente estás! El camino acaba en frente de un portón metálico, abierto completamente. Lo cruzo, prosigo un pequeño camino en la villa y aparco el turismo tras las 2 casas a pie de playa.

Cócteles, una playa, el ancho del mar

Cierro más fuerte los ojos para no abrirlos y descubrirme nuevamente en mi piso, más obscuro, más gris que Surya Beach. Temo que si los volviera a abrir ahora, deba regresar a comenzar de cero desde el aeropuerto. Bajo del turismo con la mochila al hombro y camino los primeros pasos que llevan a la zona residencial de mi escondite en cuarentena, que son las 2 casas y otra más pequeña encajada entre ellas. Este tercer edificio cuenta con una cocina y una barra exterior para servirme los cócteles que decida tomar los próximos días. Y tras la barra, en el espacio que tardan en recorrer diez metros, se extiende la playa que procuraba, y tras ella el mar, infinito, azul, manso.Casi 8 mil millones de personas viven ahora en nuestro planeta y solo piso esta arena blanca. Millones encerrados en sus casas procuran desesperadamente formas de matar el tiempo, mismo estoy en el sofá si bien no desee sentirlo, mas solo estoy en esta playa de corales vivos. De forma rápida me pongo el bañador y pregunto a Rosamie, la única empleada de Surya Beach, si tienen pescado fresco para cenar. Claro que tenemos, responde, prácticamente desilusionada por mi duda. Mas si deseas cenar sabroso mejor va a ser que prepare una sopa de cangrejo, los pescamos esta mañana y están demasiado tiernos para dejarlos pasar. Yo confío en Rosamie y dejo la nutrición en sus manos, si bien no se escapará de que la asista – o bien intente asistirla, torpe en las costumbres culinarias de Filipinas – cuando desee preparar la cena. De lo mejor en Surya Beach es la posibilidad de cocinarte mismo el alimento, o bien atender las indicaciones de Rosamie y retornar a casa con nuevos conocimientos en la cocina para asombrar a mi novia.Pero de momento esto, palmeras blandas y rachas de aire calmo sobre la arena. Voy a pasar unas horas en mi sofá, en lo que van a parecer días enteros con los ojos cerrados, paseando por la playa y bañándome en el agua transparente. Tal vez haga alguna incursión por la isla con mi Toyota, o bien es posible que coja la canoa que hay al lado de mi habitación y me lance a la aventura con una cantimplora y ganas de bogar. Así voy a poder sentir más fuerte el sol calentando mis mejillas y mi espalda, este sol tan ancho y limpio que no encuentro en el techo de mi piso sin terraza. Buscaré pequeñas conchas para reunirlas y hacer alguna manualidad con ellas, voy a dar brida suelta a mi travieso lado humano haciendo fogatas en la playa, y perseguiré a los torpes cangrejos ermitaño que no se atreven a ser amigos míos. Entonces cocinaré con Rosamie una sopa de cangrejo y la voy a cenar con ella, o bien con algún otro peregrino que coincida conmigo en el paraíso, ya antes de irme pronto a la cama para dormir como un lirón. Por mis ojos cerrados entra la luz de Surya Beach, reflejándose en el agua marina, y no sé si estoy en el sofá o bien en el paraíso de Palawan, no importa realmente estar en uno o bien otro sitio. Todo depende de la fuerza con la que pueda imaginar.

Fuente: larazon.es

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