25-N: Día Internacional contra la Violencia de Género: El primer refugio para mujeres agredidas en España cumple treinta años: entramos en él


En un lugar oculto de Madrid, que no tiene ni nombre, se encuentra desde hace tres décadas lo que sus trabajadoras llaman «un rincón para sanar». Frente a la reja de entrada, que no da pie a una cárcel sino a un búnker de paz, se han presentado aristócratas, indigentes o abogadas. La profesión y el estatus económico de la
agresión de género es «totalmente transversal», dice Juani Aguilar, trabajadora social con veinticuatro años de trabajo con mujeres maltratadas en su mochila.

Claudia Morales, psicóloga del centro

«Eso de que
la violencia impacta solo en clases desfavorecidas es un mito», dice a su lado Claudia Morales, la psicóloga que las trata desde hace tres años y medio. Llaman al timbre bañadas en lágrimas.

La imagen sí es la misma, dicen aquí dentro; la de la desesperación. Muchas aparecen con un ser humano de la mano. En este refugio, caben ellas y ellos, los menores hasta 14 años. «Llegan realmente dañados, muertos de miedo, con grave riesgo para su salud. La violencia de género es una bomba de racimo, que se esparce en toda la casa.
Algunos niños repiten patrones vistos y adquiridos, de asimetría total del poder», repite Morales. «Las mujeres cuando llegan aquí se han olvidado de que existen y trabajamos para que recuperen su identidad», añade Aguilar.

Teresa Simón dirige el centro

Cruzan la puerta. Y… ¡cómo han cambiado las instalaciones en pocos años! De la mano de una conocida firma de decoración, ha transformado en un jardín de mujeres y en un espacio de juegos para niños lo que una década atrás era una hilera de pupitres mal colocados. «La sanación llega viviendo en un sitio ordenado, cuidado, bonito. Esta casa-refugio es un lugar en el que reciben asistencia, se las rehabilita. Es un espacio para la recuperación», explica su directora Teresa Simón.

Ana María Pérez del Campo, quien fuera directora de este centro pionero en España durante una década, también rememora cómo los niños, una vez sanados, le decían que «querían seguir viviendo en la casa grande. Y la casa grande era este lugar, el único donde no habían visto cómo sus padres agredían a sus madres». «Un maltratador nunca será un buen padre. Los han educado en la violencia. Ven violencia; crecen en ella. ¿Puede ser esa persona un buen referente para ellos? ¿Cómo alguien puede destruir así a otros seres humanos? También se dan los casos de progenitores que maltratan a sus mujeres y son agresores sexuales de sus propias hijas. O han quedado impedidas por una agresión. El único perfil de estas víctimas es que son mujeres», se explaya Aguilar. De hecho, nuestro particular trance es cuando los hijos tienen que ver al padre maltratado y tienen que revivir su drama en los tribunales.

El jardín de mujeres de este refugio enclavado en la Comunidad de Madrid. Aquí comienza la recuperacón de las agredidas

Precisamente, los niños son los primeros que mejoran, dice la psicopedagoga que los asiste, Carmen Acebes. Pierden el temor a decir o hacer y en cuanto se les arranca del espacio del maltrato psicológicamente dan la vuelta. Para su educación se les saca también fuera, van a colegios y centros derivados por servicios sociales, comenta la especialista.

Vuelven cuatro veces

En estos momentos hay 58
mujeres con sus hijos en alguna de las 28 habitaciones individuales de este edificio de cinco plantas. Durante el paseo, una mujer negra sube y baja las escaleras de la planta baja a la primera. Parece seguir esta terapia. Con los ojos inyectados en sangre, habla por el llanto. «No puedo», niega la entrevista. Un infierno de maltrato la martiriza todavía. Morales dice que muchas tardan en esbozar palabras. «No se sienten ni el felpudo y por supuesto les cuesta confiar. Aquí están protegidas, pero el nuestro es un trabajo de
larga estancia, tienen una media de diez años de violencia cronificada donde les han dejado hundidas», comenta Aguilar.

Juani Aguilar trabaja en el centro hace 24 años

«¿Conocen la serie ‘La Asistenta’?», interpelamos a las trabajadoras. La decepción hunde al espectador cuando la protagonista regresa con su agresor. Aquí se asume: la media es que vuelvan cuatro veces. «Lo sentimos como un fracaso nuestro», reconoce Aguilar, quien contrarresta que reciben entre 18 y 24 meses de un trabajo psicológico «bárbaro», pero no están internas, pueden salir cuando quieran. «La media que tenemos en estos treinta años es el 75% de recuperación, entendiendo por ello que no vuelve con el maltratador ni a tener otra relación de pareja violenta».


Fuente: ABC.es .

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