La Budapest unificada no tiene ni 150 años. Las urbes de Buda y Pest fueron una en 1873, y incluso el día de hoy acá se viven 2 realidades diferentes a un margen y otro de ese Danubio que jamás fue azul. El día de hoy os planteo que me acompañéis por Buda. 8 h. Un baño en Géllert. A las 6h de la mañana, y a un ritmo más que pausado, comienza la actividad en esta espléndida catedral balnearia levantada en 1918. En una urbe construida sobre más de 30.000 metros cúbicos de aguas termales no extraña que desde los primeros tiempos los habitantes de Budapest incorporaran el «tomar un baño» a su rutina diaria y por lo tanto a su cultura. La piscina central nos recibe con su frecuente mixtura de calcio, magnesio y sodio perfecta —según dicen— para la artritis y la circulación de la sangre. Rodeada de arquitectura art nouveau gozamos prácticamente en exclusiva de las ventajas terapéuticos de sus aguas, y para cuando llegan los primeros turistas, ya estamos listos para comenzar nuestro recorrido por Buda. 10h. Un cappuccino entre libros. El Ponyvaregény (Bercsényi, cinco) es uno de esos cafés que aparece en todas y cada una de las guías de viajes, y incluso de esta forma, prosigue preservando un entorno totalmente libre y embriagador. Tal vez que se halle en un distrito apartado de los frecuentes puntos turísticos (y que las tertulias literarias sean en húngaro) ayuda a que hasta acá lleguen más locales que visitantes. Acompañamos nuestro té a la menta con una hojeada a un Madame Bovary traducido al magyar; el resto de concurrencia optan por las pantallas de sus dispositivos móviles. 11h. De visita a la Galería Nacional de Hungría. Un camino al lado del río (donde descubrimos la curiosa Capilla Rupestre excavada en las supones de Buda), y un corto recorrido en tranvía nos aproximan hasta lo alto de la colina del Castillo de Budapest, que contempla el Danubio desde sus 170 metros de altura. Tallas góticas, mampostería medieval y 2 extensas compilaciones en forma de gliptoteca y pinacoteca compiten en belleza con la arquitectura exterior del Palacio Real, donde asimismo se sitúan la Biblioteca Nacional y el Museo de Historia de Budapest. 14h. Almuerzo de goulash con páprika. Tras la visita museística el cuerpo solicita a voces un buen asiento y una especialidad de la zona para recobrar el aliento. En la turística colina del Castillo, el Rivalda —ubicado en la planta baja de lo que fue un viejo monasterio del siglo XVIII— es una de las opciones más interesantes. Por una vez, pasamos de largo las ensaladas y elegimos uno de esos concluyente platos tradicionales que asisten a soportar mejor los crudos inviernos húngaros. 17h. Camino por la Urbe Vieja. Las cálidas luces vespertinas son el mejor truco de belleza de las panorámicas que desde lo alto del Bastión de los Pescadores —que si bien muchos creen de temporada medieval tiene poco más de 100 años— se tienen de la vecina Pest. Próxima al bastión admiramos la recién restaurada (llevaba años bajo los andamios) iglesia de Matías, punto clave en la coronación de los consecutivos reyes húngaros y mezquita musulmana en tiempos de la dominación turca. Desde ella nos dirigimos cara el norte, donde se extiende la que fuera vivienda de la plebe a lo largo de la Edad Media: la Urbe Vieja. Incluso puede observarse la arquitectura tradicional del s.XIII, con su plaza del mercado (Béci kapu) y las pintorescas casas burguesas que se agrupan al lado de la Puerta de Viena, una de las entradas al viejo circuito amurallado de la urbe.

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